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  • Trahn: Animals, animals, animals! / 25 octubre 2002

    Amigos y desconocidos, la actualización de hoy comienza con una pregunta retórica. ¿Se han fijado en los insólitos nombres con que la gente bautiza a sus mascotas? ¿Por qué, dios mío, por qué hay tantas perras que se llaman Luna? ¿Por qué castigar a un perro que aún no ha despedazado a nadie con el nefasto nombre de Blacky? ¿Por qué?
    Las cosas sobreviven mejor si tienen un nombre sonoro. Ésa es mi teoría (aunque la plantita que me regaló mi hermana, a la que llamamos Chaxiraxi Ramos Bethencourt porque era autóctona, murió las tres semanas de su bautismo), y hay algún dato que lo confirma, frente a los millones que lo desmienten. Recuerdo haber leído algo acerca de un gato de concurso llamado Chocolate Pescatera Tina Turner (con un par), que tuvo una vida larga y aparentemente feliz, si es que llevarse el segundo premio al pelo más lustroso da la felicidad . Dos de mis mejores amigos bautizaron a sus gatos con los nombres de Keyke Morgan Silvestre y Swomi Kalashnikov, y los animalitos parecían contentos.
    Esto nos lleva directamente a la historia de hoy. Los animales que vivieron en mi casa y su triste destino, que es una de las causas por las que Quien Suscribe comparte hoy su piso de estudiante con dos muchachas canarias, en lugar de hacerlo con un okapi adulto y dos yacarés.

    BICHO PRIMERO: Un pez de color naranja.

    No tengo la menor idea de cómo vino a parar a mi casa. Me imagino que no por generación espontánea, porque nos habríamos dado cuenta. En todo caso, ahí estaba: un pez de color naranja, en una pecera de cristal, sin castillito, ni piedrecitas, ni cofre del tesoro. Ah, a propósito de este tema. Alguien me comentó que la memoria a corto plazo de los peces dura apenas un segundo; de ahí que resulte interesante ponerles chorraditas en la pecera. Ustedes y yo, seguramente, echaríamos una mirada distraída al castillo en cuestión, pensando: “pues bueno“. Los peces no. Los peces dan vueltas en la pecera, y cada vez que pasan por allí y ven el castillo, piensan: “uy, qué sorpresa!“, “uy, qué sorpresa!“, “uy, qué sorpresa!“…
    Pero a lo que íbamos. Creo que el pez naranja era de mi hermana. En todo caso, fue ella quien lo bautizó con el escueto y correcto nombre de Simón. No sé qué esperábamos que hiciera el pececito, pero -salvo que uno esté confinado en una celda, sin más entretenimiento que hacer un túnel con una cucharita de café- su escasa actividad vital no nos interesó durante demasiado tiempo. Durante un par de semanas disfrutamos del dudoso placer de darle de comer a su hora (prueben a meter la nariz e inhalar a fondo en un bote de comida para peces, prueben. Se le quitan a uno las ganas de morrear con la Sirenita), y después continuamos alimentándole con puntualidad, pero sin entusiasmo. Simón comía, nadaba apáticamente en la pecera, abría y cerraba la boca… ya saben, peces. Viviendo al límite.
    Al cabo de unos meses, volvimos a prestarle atención en dramáticas circunstancias. A la infortunada criatura le había salido un agujero perfecto en un costado. Redondo y negro como… bueno, ya me entienden. Mi hermana y yo lo observamos atónitas. El agujero parecía crecer a medida que pasaban los días, y nosotras calculábamos (entre la compasión y la curiosidad científica) que pronto sería posible verle la raspa al pobre bicho. Entre tanto, seguíamos alimentándolo y cambiándole el agua, porque ¿qué otra cosa podíamos hacer? ¿Intentar la radioterapia? ¿Cogerle una aletita y decir: “Todo saldrá bien“?

    Lo que ocurrió después:

    Finalmente, cuando la cosa se estaba poniendo ya muy gore, mi madre decidió acabar con los sufrimientos de Simón. Nos sentó en la cocina, nos miró seriamente, y dijo: “Simón está muy malito y se va a morir“. Mi hermana y yo abrimos mucho los ojos. Si esto fuese una horrenda película española con niño, nos rodaría una lágrima por la mejilla y preguntaríamos: “¿Por qué, mamá? ¿Por qué tiene que morirse Simón? ¿Es que Dios ya no nos quiere?“. Pero como no lo es, lo que hicimos fue asentir con la cabeza. Mi madre continuó: “Yo creo que es mejor que se muera en el río, con los otros peces“. Volvimos a asentir. Mi madre cogió la pecera, la puso en las manos de mi hermana, y caminamos con solemnidad hacia el cuarto de baño. Llegadas allí, dijimos: “Adiós, Simón” (en ese aspecto sí que éramos un poco niñas de película española), echamos en contenido de la pecera en el inodoro y tiramos de la cadena. Allá fue Simón, seguramente lanzando contundentes blasfemias en su piscatorio idioma, camino del sistema de alcantarillado (que, en realidad, no se diferencia tanto del río al que nos referimos). Pobrecito.

    SEGUNDO BICHO: Un hámster anónimo.

    Todo empezó en casa de nuestra amiga Inés. Ella tenía un hámster hembra, que respondía (con la escasa capacidad de respuesta de estos bichos) al eufónico nombre de Dina Luigina Jeremich Grumich. A eso le llamo yo bautizar a una mascota. Dina Luigina Jeremich Grumich centraba el interés de toda la familia: tenía una jaula de tres pisos, con ruedecitas, nidito, dos bebederos y vistas a la mesa camilla. Era periódicamente invitada a tomar baños en el bidé, cosa que hacía con aparente placer. Pisaba la jaula apenas para dormir, ocupando el resto de sus horas en corretear apaciblemente por las habitaciones de Inés y sus hermanos, mordisquear todo lo que pillara y trepar por las cortinas. A años luz del apático Simón, como observarán.
    Bien, mi hermana y yo, observando la entrañable relación que mantenía el bicho con su familia (llegó a tener una camada de pequeños Jeremich Grumich, que fueron alimentados, mimados y posteriormente regalados a cualquier pariente o amigo demasiado tímido como para negarse), sopesamos la posibilidad de tener uno. Dicho y hecho. Mencionamos el asunto en casa, y en algún momento mi madre apareció con una jaulita, un hámster y una cara de terror tal que si hubiera llevado a la paz de su hogar un sátiro violaniñas. Lo recibimos con alborozo, llamamos a nuestros primos para contar la primicia (y nos enteramos de que ellos también habían recibido otro igual), lo miramos y remiramos por todas partes, y entonces empezaron los problemas.
    Al lado de aquel increíble Dina Luigina Jeremich Grumich, cualquier nombre palidecía de envidia. Así que decidimos no competir, y bautizar a nuestro nuevo bicho con un nombre simple y poco complicado. Lamento confesar esto: barajamos durante unos días la insulsa posibilidad de Jerry. También, por supuesto, Pixie y Dixie. Por alguna razón, no funcionaron. Ya desesperadas, probamos Tuffy, que era el nombre de un primo de Jerry que había ido a visitar a la familia, en un tebeo de Tom y Jerry. Vaya por dios, funcionó. Y ahí fue la catástrofe, el llanto y el rechinar de dientes. Mi padre se enteró del asunto y dijo: “Le va perfecto, por cómo atufa“. Tragedia. Desde entonces, no podíamos nombrarlo sin la sensación de estar burlándonos del pobre bicho. Era como ponerle a un amigo un apodo vergonzoso y que triunfara, algo que sonrojaba pronunciar fuera del ámbito familiar y, si me apuran, hasta dentro de él.
    Lo que ocurrió después:

    El bueno de Tuffy no sobrevivió al oprobio de cargar con semejante nombre. Vivió aproximadamente dos años, durante los cuales correteó por la habitación de vez en cuando, se comió buena parte de la colcha de mi cama (lo que agradecí interiormente: era un horror setentas con un estampado que sonrojaría a Austin Powers), protagonizó algún intento de fuga que nadie podía reprocharle y comió sus pipas y corrió en su ruedecita.
    Un buen día, no se levantó del nido. Mi madre, que seguía teniéndole pánico, hurgó entre el algodón con un palito. Vio al pobre bicho haciendo esfuerzos por respirar, y reaccionó como Leticia Sabater: sin pensar. Lo sacó de la jaula, puso leche tibia en una jeringa (sin aguja, so brutos) e intentó que la tomara, lo arropó con más algodón, empleó la misma jeringa para intentar insuflarle aire… George Clooney y Alan Alda le hubieran hecho un contrato fijo. En eso estaba cuando llegamos nosotras de la escuela, justo a tiempo para asistir a la agonía. Nada se pudo hacer. Lo habíamos perdido. Mi hermana y yo quedamos consternadas (durante tres días, hasta que llegó a la escuela un señor de Panini, y empezó a repartir gratis álbumes y paquetitos de cromos gratis), y mi madre, que como ya se ha dicho detestaba y temía a partes iguales al pobre Tuffy, se quedó más triste que nadie y declaró que no habría más bichos en la familia, que se morían, que ya lo habíamos visto.

    Ahí termina la triste historia de mis escasas mascotas. Unos años después quise tener una serpiente (había visto La Naranja Mecánica y de aquella era algo más impresionable que ahora), pero mi hermana dijo que si entraba una serpiente en casa, salía ella. A mí me pareció bien, pero mi madre hizo un par de cálculos rápidos, y concluyó que una serpiente era más decorativa y no escucharía a Bob Marley a toda castaña, pero tampoco iría al kiosko a por pipas Arias, el Diez Minutos y caramelos de eucalipto. No hubo serpiente.

    Por si alguien siguiera interesado:

    -Dina Luigina Jeremich Grumich tuvo al menos dos camadas más, y se comió la segunda en un descuido de Inés. Ni la muerte de Grizzley (madre de Jacky y Nuca, por si ustedes tienen menos de veinte años o poca memoria histórica) alcanzó las cotas de sufrimiento infantil que se vivieron en aquella casa.
    -El hámster de mis primos (cuyo nombre no recuerdo) sobrevivió a la perrería cotidiana que le hacían, consistente en dejarlo pasear por el castillo de los Masters del Universo, y luego, a traición, darle a la palanca que abría la Trampilla Mortal. Pero un verano decidieron llevárselo a la casa de campo de mis abuelos, frente a la que había un chalet guardado por feroces perros. Uno de ellos ladró al oír llegar el coche de mis primos, y el hámster se quedó tieso en su jaula. Fue enterrado con honores debajo de un manzano, aunque mi abuelo era partidario de sepultarlo en uno de los simpáticos montoncitos de tierra que hacían los topos, a modo de terrible advertencia para éstos.
    -Mi hermana tuvo un compañero de clase que tenía una serpiente. No supimos nunca de dónde la había sacado. Le puso de nombre Cañete, y resultó ser bastante pacífica y tener tendencia a quedarse dormida en un perchero. Años más tarde, el chico quiso deshacerse de la serpiente (porque más de una conquista había salido dando alaridos de aquella casa al verla), y la ofreció a un pequeño zoológico de su ciudad y a una tienda de animales, que se negaron a aceptarla, a pesar de la amenaza del chico de soltarla en un parque infantil, o de venderla a Jose María Ponce para que acabase coprotagonizando Chicas calientes se lo montan con serpientes. Finalmente se la vendió a un heavy del barrio, que se hacía artísticas fotos enseñando los dientes, poniendo cuernos, tocando una imaginaria guitarra y fingiendo pelear a muerte con la pobre Cañete, que sólo quería comerse su hámster cotidiano y que la dejaran tranquila.
    Y esto es todo.
    Tengan cuidado ahí fuera, y piensen dos veces antes de tener un animalito, y por supuesto antes de ponerle un nombre como Luna. Se empieza así y se acaba bautizando Chenoa a la segunda hija.
    Trahn.

    3 Comments

    1. Escrito el día 11 enero 2007 a las 2:19 pm | Permalink

      Me imagino la vida del hamster de su primo (caída por la trampilla inclusive), y no me extraña que el pobre muriera de un susto. Debía necesitar un marcapasos.

      Soy un recién llegado totalmente desconocido que seguirá por aqui.

      No es una amenaza. Es que me gusta como escribe.

    2. angelo suarez
      Escrito el día 14 septiembre 2007 a las 7:25 pm | Permalink

      hola mi nombre es angelo suarez mi tenia 2 hamster hembras cuando nos cambiamos de casa mis hamster empezaron a enfernmarce hasta que un dia murieron .si alguien tiene algun hamster que regale porfavor contacteme a .. andyget007@hotmail.com tengo todo lo necesario para cuidarlo muy bien

    3. Escrito el día 2 octubre 2014 a las 4:42 am | Permalink

      You can definitely see your expertise within the work you write.
      The world hopes for even more passionate writers such as you who
      are not afraid to say how they believe. Always go after your heart.

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