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  • Trahn: Tournier / 28 octubre 2002

    Amigos, desconocidos, una brevísima actualización. Un fragmento de El rey de los alisos, para su disfrute.
    Tengan cuidado ahí fuera.
    Trahn.
    -
    3 de enero de 1938. Eres un ogro, me decía a veces Rachel. ¿Un ogro? Es decir, ¿un monstruo fantástico, surgido de la noche de los tiempos? Sí, creo en mi naturaleza fantástica; quiero decir, en esta secreta complicidad que mezcla profundamente mi aventura personal con el curso de las cosas, y le permite reclinarlo a su favor.

    También creo que surgí de la noche de los tiempos. Siempre me ha escandalizado la ligereza de los hombres que se preocupan afanosamente por lo que les espera después de la muerte, mientras que les importa un bledo lo que era de ellos antes de nacer. Este lado vale tanto como el otro, sobre todo porque, probablemente, es su clave. Ahora bien, yo estaba aquí hace mil años, cien mil años. Cuando la tierra todavía no era más que una bola de fuego girando en un cielo de helio, el alma que la hacía arder, que la hacía girar, era la mía. Y, además, la vertiginosa antigüedad de mis orígenes basta para explicar mi poder sobrenatural: hace tanto tiempo que el ser y yo caminamos juntos, somos tan viejos compañeros que, sin demasiado afecto, pero en virtud de una costumbre recíproca tan antigua como el mundo, nos comprendemos y no nos negamos nada.

    En cuanto a la monstruosidad…
    Para empezar, ¿qué es un monstruo? Ya la etimología nos reserva una sorpresa un tanto pavorosa: monstruo viene de mostrar. Un monstruo es lo que se muestra: con el dedo, en las ferias, etcétera. Y, por lo tanto, cuanto más monstruoso es un ser más hay que mostrarlo. Esto me pone los pelos de punta, puesto que yo sólo puedo vivir en la oscuridad y estoy convencido de que la multitud de mis semejantes sólo me deja vivir gracias a un malentendido, porque me ignora.

    Para no ser un monstruo, uno tiene que asemejarse a sus congéneres, ser conforme a la especie o estar hecho a imagen de sus padres. O bien tener una progenie que le convierta en el primer eslabón de una nueva especie. Pues los monstruos no se reproducen. Los terneros de seis patas no pueden vivir. El mulo y el burdégano nacen estériles, como si la naturaleza quisiera cortar de raíz una experiencia que le parece poco razonable. Y en esto vuelvo a ver mi eternidad, que me sirve de padres y progenie a la vez. Viejo como el mundo, inmortal como él, sólo puedo tener un padre y una madre putativos, e hijos adoptados.

    Releo estas líneas. Me llamo Abel Tiffauges, tengo un garaje en la plaza de la Porte-des-Ternes, y no estoy loco. Sin embargo, lo que acabo de escribir debe ser considerado con absoluta seriedad. ¿Entonces? Entonces, el futuro tendrá por función esencial demostrar -o, más exactamente, ilustrar- la seriedad de las líneas precedentes.

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