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  • Trahn: De cómo perdí mi doncellez sobre un carro de heno / 25 enero 2003

    Buenos días, amigos y desconocidos.
    En cumplimiento de promesas, hoy toca actualización completa. Una del pasado, una del presente y las viejas secciones fijas. Toxicómana pero cumplidora. Disfrútenlo.

    *SEXO O ALGO SIMILAR

    Cuando ocurrió lo que voy a contarles, yo tenía alrededor de cinco o seis años. Ya saben, esa edad en la que la felicidad es un bocata de Nocilla en las manitas, la granja de los clicks de Famóbil en el suelo, y los teleñecos de fondo. (Nota: por si alguno de ustedes lo estaba dudando, me apresuro a aclarar que eso todavía es la felicidad para Quien Suscribe, con algún que otro matiz lisérgico).
    Bien, pues estaba yo pasando el verano en la casita de campo de mis abuelos, un lugar pródigo en bichejos de tamaño y aspecto fascinantes, hierba vulgaris, frutales varios y hasta sapos, aunque a esa edad aún no les encontraba el singular atractivo que ahora tienen.
    No sé qué andaba haciendo el resto de mi familia, pero sólo recuerdo que estuviera allí mi madre, cómodamente instalada en las escaleras de piedra de la entrada, haciendo el autodefinido de rigor (ya saben: edicto del zar- ucase; símbolo del oro- au; asar ligeramente- soasar; licor oriental- arac) y vigilándome con un ojo. Yo estuve un rato correteando por la hierba, lanzando puñaditos de tierra a los árboles y contemplando el increíble universo hormiga, hasta que decidí que ya estaba bien de mariconadas bucólicas, y que había llegado la hora de las emociones fuertes. Y entonces me subí al carro.

    El carro era exactamente eso: un enorme carro antiguo, con dos ruedas pintadas de rojo, una caja pintada de azul y una enorme vara horizontal que había servido para apoyar el yugo, y que ahora mantenía el carro sujeto al suelo. Mis tíos lo habían visto en una casa cercana y se lo habían comprado a la anciana propietaria por apenas dos mil pelas, porque les pareció bonito. Así que inicié la escalada agarrándome a una rueda, y llegué a la caja, y entré , y podría haberles hecho un corte de manga a esas nenazas de Valor y Coraje. Ah, pero mi espíritu indomable no se contentó con una sola hazaña. Era el momento de demostrarle al mundo que estaba perfectamente capacitada para epatar en el circo Ringling Bros. Me afirmé sobre mis botitas ortopédicas (un arma letal que me convertía en el terror del recreo) y puse el pie sobre la vara horizontal, resuelta a recorrerla con los brazos en cruz y la cara de intrepidez que yo asociaba al funambulista medio.
    Ah, amigos, cuán poco duró el instante de gloria. Apenas llevaba recorrida media vara, cuando se produjo la catástrofe. Resbalé. Y caí en la misma postura que hizo que a Luis Felipe de Baviera El semental tuvieran que cambiarle el sobrenombre por La divina.

    Ouch. Ouch. OUCH.
    Poco más recuerdo de ese momento terrible, salvo que mi madre, repentinamente, parecía estar lejísimos. El trayecto hasta las escaleras duró tanto como duran las misas cuando tienes siete años y una peonza nueva en un bolsillo. Afortunadamente, mi madre levantó la vista de su autodefinido y me vio reptar, y dio un grito, y corrió a cogerme en brazos. Dios la bendiga y le conceda el perdón por aquella ingrata ocasión en la que me hizo ponerme un vestidito dorado (con su lazo dorado y sus zapatitos dorados) para ir a una boda.

    *Lo que ocurrió después:
    -Yo no lo recuerdo, pero parece que me dieron un trozo de miga de pan redondeado y me dijeron que era una aspirina infantil superplus. Coló. Dejé de llorar y esperé a que hiciera efecto. Hasta ahora.

    -Esto sí que no lo recuerdo, pero se lo hice jurar a mi madre sobre un libro de José Luis Martín Vigil, así que debe de ser cierto. Me llevaron al médico, que me examinó de punta a cabo (aunque yo podría haberle dicho que en las orejas no me había ocurrido absolutamente nada), me dio una pastilla de verdad y salió a hablar con mi madre. Dijo: “La niña está bien, pero si quieren, puedo extenderles un certificado“. Mi madre puso cara de boba: “¿Un certificado? ¿De qué?“. “Bueno“, respondió el médico, “ustedes verán, pero si fuera hija mía…“. “¿Qué?“, preguntó mi madre. “Pues… bueno, que yo no querría que nadie la ofendiese por no ser ya virgen“.

    -Mi madre montó un cristo.

    -El médico intentó defenderse.

    -Mi madre abandonó la consulta llevándome de la manita, dando un portazo feroz y gritando: “Es usted un cerdo! ¿Cómo puede pensar en una niña pequeña en esos términos? Puerco!“.

    -Hoy, muy cerca ya de la treintena, no puedo dejar de pensar en lo bonito que habría sido tener un documento médico que certificase que me dejé el virgo contra las varas de un carro. Lo habría enmarcado. Lo habría colgado bajo la foto de la primera comunión. Habría habido gran regocijo. Snif.

    -Y eso fue todo.

    Las secciones fijas:

    El ser más bello de la semana:

    Diría que Iggy Pop, pero vamos a ser un poco menos localistas. El ser más bello de la temporada responde al insólito nombre de Antonio. No es culpa suya, pobre. Es alto, flaco, joven, pálido, y tiene el mejor pelo que vieron nunca los años ochenta, amén de un vago pero innegable parecido con Nick Cave. Pasamos una larga noche chupando sapos y hablando de Harold y Maude, de intoxicarse y de recitar poesía vogona, y al día siguiente tomó su autobús al Sur. No, no hubo sodomía creativa (al menos, no conmigo), pero le prometí que lo mencionaría en el diario, y no iba a ponerlo como tarado de la semana. Ni como cosas que ustedes deberían leer. Aunque tendrían que haberlo visto. Antonio, si estás ahí, cámbiate el nombre y vuelve al norte!

    Qué estoy leyendo y por qué ustedes deberían leerlo también:

    Los reyes, es decir, los amigos y parientes, han sido harto pródigos en libros. Así que lean, lean.

    -Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, de Emmanuel Carrère, editado por Minotauro. Una estupenda biografía de Philip K. Dick, muy bien novelada y, hasta donde sé, bastante verídica. Usted debería leerla si:
    a) Oye voces.
    b) No oye voces, pero sabe que es porque el gobierno (en colaboración con los extraterrestres) envía interferencias para que usted no pueda captar el mensaje que podría salvarnos del exterminio.
    c) Cree en Dios.
    d) No cree en Dios, y siempre tuvo unas dudas horribles acerca del Ratoncito Pérez. Porque… ¿para qué carajo quiere un ratón los dientes de tantos niños? Mejor no pensarlo demasiado.
    e) Sus parientes le han regalado otros libros por reyes. ¿El premio Planeta? ¿El último de Pérez Reverte? ¿El de poesía de Sabina? Vamos, por favor. Un poco de SERIEDAD. Tire esa mierda y lea algo decente. Total, por una vez…
    f) Ha visto Blade Runner, Desafío Total o Minority Report. Esto acabará con su fe en las adaptaciones cinematográficas, si es que le quedaba alguna después de ver Solaris.
    -Vida Mostrenca, de Jordi Costa. Quizás le recuerden en Mondo Bulldog, las críticas del Fotogramas y el remake gore Sueca bisexual busca semental para enferma terminal. Este libro recoge los artículos que publicaba El País de las Tentaciones en la pequeña y efímera seccion “Vida Mostrenca“, escritos por Costa e ilustrados por Darío Adanti. Usted debería leerlo si:
    a) Ya ha terminado Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos.
    b) Lo encuentra todo extremadamente irónico y simbólico.
    c) Echaba disimulados vistazos a la portada de El Caso cuando pasaba por el kiosko a comprarse el Pulgarcito.
    d) Vive temiendo que le acusen formalmente de cualquier homicidio cometido en su barrio. Vamos, guarde ese álbum de vergonzosos recortes, quite de una vez “Psychokiller” de su estéreo, coja el libro y póngase al día. La cruzada infernal ha terminado. El maligno se parece más a Rita Irasema que a Charles Manson. A ver si espabilamos.
    e) Siempre ha querido interrumpir la reunión de la comunidad de vecinos cantando “I’m against it“, o incluso “Sit on my face“.
    Léalo, vaya, y no me haga perder mi precioso tiempo buscando argumentos. Es interesante, es divertido, y aparezco en la sección de agradecimientos. Eso debería ser motivo suficiente, no?

    Y con esto terminamos por hoy. Ya lo sé: les debo la historia del presente (del fin de semana pasado, para ser del todo exactos), el tarado de la semana y el hallazgo lingüístico. No me presionen. Aún no estoy curada.

    Tengan cuidado ahí fuera (y si no lo tienen, al menos pidan su certificado médico).
    Trahn.

    Un comentario

    1. Miren
      Escrito el día 5 julio 2008 a las 3:48 pm | Permalink

      Qué buenos ratos paso leyendo lo que escribes, Lector. Realmente eres muy entretenido y creativo. Lástima que no tengas tiempo de actualizar el blog con más frecuencia. Aunque yo, como lo he descubierto bastantes años después de tu desvirgue viguero, tengo aún mucho por leer.
      Gracias.

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