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  • Nikos: A few of my favourite things / 28 mayo 2003

    Dos cosas que me gustan para mirar:

    -Joaquim Phoenix en Todo por un sueño.

    Tiene una bella cicatriz en el labio superior. No sé cómo se la hizo; seguramente lo cuenten en todas las páginas de fans del muchacho, pero es que prefiero no saberlo. ¿Una pelea en las cantinas del puerto con un marinero polaco muy cabreado? ¿Un puñetazo del matón del instituto, que llevaba la mano cargada de anillos de escorpiones y calaveras, y una camiseta de Blame it on your dirty sister? ¿Una cuchillada de una amante, que después guardó la lima afilada en el bolso y dijo: “tu hermano era un tipo decente y tú un cabrón sin sentimientos“? Quién sabe.
    En Todo por un suelo Phoenix tiene los ojos turbios y como de estar medio dormido, habla arrastrando las palabras y lleva camisetas con las mangas recortadas y vaqueros negros muy estrechos. Ni siquiera es el macarra oficial del instituto, él y sus dos amigos son basura blanca de los suburbios. Se llama James, por James Dean, pero prefiere decir que es por Jim Morrison, porque se vestía de puta madre y todas las chicas querían tirárselo. Los amigos lo llaman Jim, o Jimbo, pero a él le gusta James.
    Tiene una escena memorable (yo, al menos, la rememoro constantemente), en la que está tumbado en la cama, desnudo, mirando la tele. Nicole Kidman es la chica del tiempo y está dando el parte, y él la mira e imagina que habla para él y le dice lo que harán cuando estén juntos. Phoenix empieza a tocarse el pecho y los pezones con la mano derecha, así que hay que suponer que se toca la polla con la izquierda, aunque el plano le coge sólo hasta la cintura, para mi desgracia personal. Es una escena muy lánguida, sigue teniendo ojos de sueño hasta el mismo momento en que se corre. Me gusta esa forma de existir medio dormido o muy colocado. No me importaría ver todos los días al amigo Jimbo tocándose con esa pereza tan sexy.

    -El guerrero maorí.

    Era (y, si no se ha muerto, seguirá siendo) un tío que iba algunas veces al mismo café que yo. No sé cómo se llama, nosotros le llamábamos el guerrero maorí, porque era bastante tocho sin ser altísimo, un tío de hombros contundentes, manos grandes y aspecto feroz.
    Tenía un bonito cráneo y lo llevaba completamente afeitado salvo una fina cresta en el centro, donde se había dejado crecer pequeños tucos, o rastas, o dreadlocks, o como quiera que se llamen ahora que la tal Beth los ha sacado hasta en el suplemento del ABC. Pero eran tucos muy pequeñitos y parecían naturales; seguramente el guerrero maorí sufre la tragedia de tener el pelo rizado y por eso se lo afeita. Un hombre sabio.
    Tenía también la nariz ancha, la boca grande y la mandíbula poderosa, aunque a veces engordaba un poquito y se le suavizaban los rasgos, lo que tampoco le quedaba mal. Llevaba camisetas extrañas y vaqueros muy desgastados y algo caídos, le sentaban bastante bien. Pedía un café, cogía el periódico y se sentaba a leerlo y a fumar, y a mí me gustaba mirarlo. Hubo algunas coñas al respecto, e incluso alguna amiga indagó su nombre y sus circunstancias con discreción, pero yo no tenía ninguna intención de boda polinesia, y ni siquiera de cópula desenfrenada bajo un eucaliptus. Tampoco me interesa su nombre porque, sea el que sea, es difícil que le quede mejor que el de guerrero maorí.
    Lo vieron leyendo más cosas que un periódico, y también escribiendo algo en un cuaderno, muy concentrado, y en el festival de cine. Pero ya digo que no me importa lo que lea, lo que escriba o las películas que esté viendo. Es sólo que me gusta mirarlo. A ver si vuelve a aparecer algún día, para asombro de todos y para mi deleite.
    Nikos, mirando.

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