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  • Nikos: Buscando a Sor Yvonne / 31 mayo 2003

    (para leer escuchando “El hospital” o poniendo de fondo Johnny cogió su fusil)

    Ésta es una historia de hospitales. Yo he estado pocas veces en hospitales, y sólo una por asuntos médicos propios. Salvo en esa ocasión, siempre había ido acompañando a alguien que no quería pasar un mal trago en solitario, o bien a visitar a conocidos postoperados, llevarles libros y pedir que me enseñasen las cicatrices. No tengo fobia hospitalaria, el olor no me molesta y al fin y al cabo es un sitio lleno de drogas y escalpelos. Siempre hace demasiado calor allí, pero como yo tengo calor en todas partes, pues prácticamente ni me entero.

    Hace casi dos meses estuve más tiempo en un hospital. Decir “de visita” sería inexacto, porque acompañaba a alguien que no podía quedarse solo. Fueron días extraños y bastante jodidos, pero vi cosas que no había visto antes y que ahora recuerdo a menudo. Esto fue lo que vi:

    1. EVA

    Llevaba meses en la misma habitación en la que yo tenía que permanecer durante una semana. Su zona estaba llena de peluches, posters con un paisaje de montaña o una playa, y fotos suyas Antes De. Tenía en ellas un leve parecido con María José Galera, en el sentido de que era alta y contundente, rubia y más o menos guapa. Pero eso era Antes De.

    El día de Nochebuena, cuando preparaba lo que iban a cenar ella y su marido, cayó al suelo de la cocina. Ka-boooom. Adiós, Eva! Hola, aneurisma cerebral! Llevaba cuatro meses en el hospital y ya no se parecía en nada a María José Galera. Le habían rapado el pelo para operarla, y tenía huecos (ya cicatrizados pero perfectamente visibles) en el cráneo, la frente, el cuello y la fosa supraesternal, que es ese lugar donde introducen el tubo en las traqueotomías. Estuvo en coma un par de meses, y durante ese tiempo se le acortaron los tendones, se le engarfiaron las manos y perdió masa muscular. Si alguna vez han visto cómo se sientan los osos, ése era el aspecto que tenía Eva en la silla de ruedas, con las piernas dobladas hacia dentro y los brazos en postura de mantis. Llevaba un camisón corto y calcetines gruesos, pero a veces se los quitaban y yo le miraba los pies, con el empeine haciendo una curva atroz, imposible, y me parecían bonitos de alguna manera.

    Sus padres le hablaban todo el tiempo, le contaban a quién habían visto por el barrio, de qué color iban a pintar el salón, quién había preguntado por ella, qué había para comer, y el tono de voz que usaban era más terrible que cualquier otra cosa. Nadie que pudiera impedirlo permitiría que le hablasen en ese tono. Es el tono para los bebés y los animales, y si te están hablando así, es que estás algo más que muy grave. Eva no podía hablar, porque había estado intubada durante mucho tiempo y tenía las cuerdas vocales bastante jodidas, y dormía durante la mayor parte del día, pero cuando estaba despierta miraba a sus padres o a nosotros, seguía los movimientos en la habitación. Tenía los ojos muy grandes, de un azul muy claro, y yo no podía sostenerle la mirada, porque el resto de la cara era un bloque rígido, con la boca torcida hacia abajo, y me parecía que nos odiaba a todos, a mí, a sus padres, a las enfermeras y a cualquiera que pudiera moverse. A veces respiraba mal, se atragantaba o tosía, y yo miraba a la pared y pensaba: “alguien debería poner fin a esto“.

    2. EL CHICO GUAPO

    Cuando salía a fumar lo encontraba a veces por el pasillo. Un tío alto, moreno, vestido con el pijama azul de rigor y desplazándose cuidadosamente en su silla de ruedas. Una enfermera me dijo su nombre y me contó lo que le había pasado. El chico guapo y su novia salieron a una discoteca a bailar. Cuando se iban, ya en la puerta, unos tíos que estaban sentados fuera le dijeron algo a la chica, no sé el qué. El chico guapo los mandó a la mierda y su novia y él caminaron hasta el coche. Cuando el chico guapo se inclinaba para abrir la puerta, le dieron con una barra de metal en la cabeza y se la partieron. Su novia, con una sangre fría increíble, le cogió las llaves de la mano, lo metió en el coche y condujo quemando rueda hasta el hospital.
    El chico guapo estuvo cerca de once horas en quirófano y, contra todo pronóstico, salió vivo. La enfermera dijo que se había recuperado bien, aunque tendría que hacer rehabilitación para recuperar la mano izquierda, que no funcionaba como debiera, y que tenía una depresión postraumática importante. Yo lo veía recorrer el pasillo, a veces empujado por su madre y otras por su novia, y me apetecía decirle que el costurón tremendo que tenía en el cráneo le quedaba muy bien, porque era cierto, y que todas las enfermeras se fijaban en él, porque era, sin la menor duda, el tío más guapo de toda la planta de neurología.

    3. LA NOVIA DE FRANKENSTEIN

    Cuando salía a fumar y no estaba intentando localizar al chico guapo por los pasillos, me cruzaba alguna vez con una curiosa señora. Al principio no me fijé muy bien en ella, porque lo que buscaba eran sillas de ruedas y esta señora caminaba ella solita. Pero un día la vi paseando del brazo de una amiga y me fascinó. Era la viva imagen de la pulcritud. Llevaba zapatillas sobrias, sin colores llamativos o texturas extrañas, y una bata que dignificaba y redimía el concepto standard de bata. La bata que llevaría Dios si tuviera que pasar una semana hospitalizado. Ese día me pareció que llevaba también un turbante similar al peinado de la novia de Frankenstein, que de alguna manera armonizaba con esa bata sobria y elegante, y le daba a su portadora un matiz aristocrático y levemente exótico.

    Cuando volví a verla por el pasillo decidí acercarme y mirarla de cerca. Nunca lo hiciera. El turbante no era tal, como el lector sagaz ya habrá imaginado, sino lo que es de esperar en una planta de neurología: un vendaje de considerable tamaño. Hasta ahí todo más o menos normal, porque compartir habitación con Eva le acorcha la sensibilidad y la capacidad de horrorizarse a cualquiera. Pero entonces lo vi. De la parte alta del vendaje, un poco por encima de donde estarían las sienes, salían dos tubos de plástico transparente, que se perdían entre los pliegues de la bata de la señora. Drenaje craneal, creo que lo llaman, y no daré más detalles porque ya no veo a Eva a diario y vuelvo a horrorizarme por lo mismo que se horrorizan todos los demás. Soñé con ella una vez y espero que haya sido suficiente.

    4. LA YONKI FUGADA

    Esta insólita criatura apareció un buen día en la sala de fumadores. En realidad, no había realmente una sala habilitada para los adictos al tabaco; el amplio rellano de las escaleras de cada planta hizo las veces de sala clandestina durante mucho tiempo, hasta que algún funcionario con sentido común instaló un par de ceniceros industriales y puso un cartel, haciéndola así oficial.

    Allí estaba yo, en mi pausa para el cigarrillo, cuando subió una paciente desde la planta inferior, caminando como a cámara lenta. Una de las fumadoras de mi planta hizo un gesto de terror e intentó escabullirse, pero ya era demasiado tarde. La intrusa de la planta inferior se acercó a ella, le pidió un cigarrillo y le contó su vida entre calada y calada. Cuando por fin apagó el cigarrillo y se fue, la fumadora de mi planta me contó sus penas a mí.

    La yonqui en cuestión había ingresado con neumonía (de ahí que se escapase a fumar a nuestra planta; en la suya hacían inspecciones sorpresa y les devolvían a su cuarto de una patada voladora), pero estaba hecha un asco en general, con trombos en las venas, infecciones de todo tipo y una puñalada mal curada en las costillas, que le había regalado su novio por San Valentín. En cuanto pudo levantarse, se dedicó a merodear por ahí y descubrió que en nuestra planta había mucho más tabaco que en la suya. Un buen día localizó entre la bruma narcótica a mi interlocutora y la identificó como una donante generosa, así que la siguió a cámara lenta por los pasillos, hasta verla entrar en una sala. Se lo pensó durante cinco minutos, hasta que el mono de nicotina zanjó la cuestión, y entonces entró sin que nadie la detuviera en la sala en cuestión. Imaginen el susto de cirujano, anestesista, paciente y hermana del paciente (la fumadora perseguida), cuando una voz arrastrada con rotundo acento de Parla dijo: “ooshee, tú, dame un sigarrito, andaa“.

    El cirujano pegó un grito y se personaron dos enfermeras a llevarse a la intrusa, que forcejeaba débilmente y decía: “y sho qué sabía, tú, la próxima vez ponéis carteles, no?“. Al día siguiente había olvidado completamente su incursión al quirófano y seguía persiguiendo a mi interlocutora (que ya había asumido que era una especie de deuda kármika que tenía que pagar para que su hermano se curase) con su “dame un sigarritoo, andaa“.

    Vi más cosas, pero ya es suficiente por hoy. Querría dedicar esta actualización a O satán que leva traxes elegantes, un amigo que perdió su largo pelo de guerrero celta en un hospital, donde le abrieron para sacarle el mal de dentro y donde una enfermera ninfómana se frotó contra él sin disimulo alguno. Y eso es todo.
    Nikos, buscando a Sor Yvonne.

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