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  • Nikos: One should always be a little improbable (Oscar Wilde dixit) / 26 diciembre 2003

    Unos apuntes sobre el dandy, para deleite de los corrompidos caballeros y las depravadas damas que pasean sus anacrónicos sombreros y sus extravagantes paraguas por la ciudad.

    El dandy como personaje

    Nos cuenta Marcel Mauss que hubo antiguamente en Polinesia una sociedad de hombres y mujeres -los areoi- que vivían para una especialísima misión. Sin patria y sin hogar, los areoi recorrían el vasto mar, de isla en isla, llevando a los diversos pueblos la danza, la canción, la fiesta. La misión sagrada de los areoi (que en todas partes eran acogidos con cálido entusiasmo) era sólo el fasto, el lujo, la delicia, el placer. Para Marcel Mauss, su función -dentro de una sociedad primitiva- es la misma que, en la sociedad occidental, ha tenido -o tiene-, fundamentalmente, la aristocracia. Aportar a la sociedad el lujo y lo superfluo que -juzga el antropólogo- son indispensables [...].
    El dandy es un ser volcado a la estética, que lleva a sus maneras, a las artes sutiles de su propia persona. Su vida es su obra de arte. Tal culto a la estética -manifestado en la moda, en la forma de actuar, en el brillo oropélico o conciso de las frases, en la manera exacta de mover la mano- tiene, sin embargo, una significación más amplia. El esteticismo es la máscara de su desafío. Es la forma que hace de la provocación, no un gesto airado, sino una armonía orgullosa. Es el estilo del conde d’Orsay, quien, sintiéndose morir, dice a los que le acompañan: “¡Por favor, tocad a Chopin!“, rememorando, tal vez, las venas atadas y el banquete final de Petronio arbiter, quien -como Tácito nos narra- fue otro dandy.

    Conde Robert de Montesquiou
    Conde Robert de Montesquiou, por Giovanni Boldini, 1897
    El dandy es un ser volcado a la estética, que hace de su vida un arte, arte que encubre o significa una actitud rebelde. Pero el dandy es, además, egocéntrico, impasible e impertinente.

    Egocéntrico porque vive para sí y para su arte; los demás son el espejo que necesita para que resplandezca su figura. Impasible, porque de la impasibilidad nada puede esperarse y porque al impasible nada le alcanza. El dandy no se sorprende por nada: él es la sorpresa de los demás. Y hace, o “suele hacer (según frase de Stendhal, que quiso ser un dandy), justamente lo contrario de lo que se espera que haga“. La impasibilidad, la deseada indolencia (que no excluye, en ciertos momentos, la pasión), es una de las líneas maestras del comportamiento del dandy. El ideal del dandy sería el rostro de Dorian Gray: la eterna juventud, un rostro armónico y delicado que no deje ver las cosas que se hacen, o se han hecho. La impasibilidad del dandy es un desafío a las emociones vulgares o normales de los hombres, a la acción socavadora del tiempo y -en cierta manera- un desafío a la vida misma.

    Dandy de la Regencia

    Ilustración de Arthur Barbossa para el libro Georgette’s Heyer Regency England 
    La impasibilidad del dandy se acerca a los moldes de la más aristocrática cortesía china. Pero el dandy es, además, impertinente. La impertinencia es su arma. O una de sus armas, al menos. Con ella, el dandy (que, como dice Baudelaire, pertenece a una aristocracia nueva) hace valer su superioridad y su distanciamiento -su personalismo, en suma- frente a los demás. Con ella, se defiende de los posibles ataques que pueda haber (o que él crea que hay) contra su elegancia, contra su diferencia. Porque el dandy, por lo general, suele ser un tímido.
    Cierto día, cuando ya Brummell no estaba en buena avenencia con el Príncipe de Gales, el Beau paseaba con un amigo por un parque, y se encontraron al príncipe, a la sazón bastante grueso. El príncipe y el amigo se saludaron, despidiéndose después. Pero, antes de que el príncipe estuviera lejos, cuando aún podía oír perfectamente lo que se dijese, Brummell, que había estado ligeramente apartado durante el saludo de los otros dos, preguntó con buen tono de voz a su amigo: “Dear, who is your fat friend?” (“Querido, ¿quién es ese gordo amigo tuyo?“). Con la impertinencia, Brummell cambiaba los papeles. El afrentado es el príncipe y no el dandy, quien, defendiéndose, ha hecho ver que él, y sólo él, es la aristocracia.

    George Beau Brummell

    George “Beau” Brummell, por Robert Dighton, 1805
    El personaje dandy (y son más elementos que contribuyen a hacer de él un mito) es el rey de una escena social, cultiva la fantasía y se siente insatisfecho y estéril. La escena social es su universo, el círculo de su disidencia, el lugar en el que debe resplandecer su esteticismo. En ella triunfa (invitaciones, amistades, envidias, modas), porque su individualidad altiva le encumbra sobre el tráfago social, como le encumbra también su fantasía. Por la fantasía, el dandy acompaña con inusitados tonos de corbata su estado anímico.

    La fantasía (unida a veces a la impertinencia) rige el habla del dandy, sus maneras, su languidez, incluso los detalles de su casa, la manera de recibir a sus amigos. Gautier nos muestra a un joven, Daniel Jovard, extasiado -sorprendido mejor- ante la fantasía en el estilo de un dandy. La casa llena de acuarelas extrañas, porcelanas y celadones del Japón, muebles Luis XIII y armas antiguas. A más de pipas, narghilés, tabaqueras y mil otros detalles.

    En tal ambiente surge Ferdinand, el dandy, que acaba de levantarse -son las once de la mañana-, envuelto en una gran bata de lampatán antiguo, sembrada de dragones y mandarines, y con unas zapatillas bordadas con diseños barrocos, mientras fuma -indolente, ajeno- un finísimo habano, apoyando el codo en la chimenea de mármol blanco.
    El dandy funda su escuela de valores en lo que los demás juzgan inútil. Su camino es el mal, la negación. El dandy no es un hombre con ideales; sus ideales están en sí mismo. Está, por tanto (porque su rebeldía y su vía del mal son insatisfacción), consagrando lo estéril. Cuanto hace el dandy se acaba y se esfuma, a veces, en breve cuestión de instantes rapidísimos. De él, de sus actos, sólo queda el brillo, el destello de su luz. Por todo esto, se ha podido decir que el dandysmo eleva a los altares el triunfo de la nada. El dandy más puro es aquel que menos hace. El que sólo es dandy, y no poeta, como Byron, o como Baudelaire, o como Sheridan.
    El dandy cultiva la tristeza. Nada afecta al dandy, nada le alcanza, y en esa nada triunfa su fatuidad gentil, su esteticismo siempre personal, su miedo oculto, su brillo y su elegancia. Pero, si el dandy es esteta, impasible, maldito y nada le afecta o parece afectarle, ¿cuál es, entonces, el Eros del dandy?

    La danza

    El dandy no es (como a veces se ha podido pensar) el heredero de don Juan. El dandy no es, en absoluto, un seductor. Al menos no en el sentido erótico. Le interesa seducir, pero no seducir para el amor. Barbey cuenta el caso de Lauzun, un dandy del siglo XVII. Sedujo a la Grande Mademoiselle, prima hermana del Rey, pero, en su aritmética, escrupulosa y maravillosa manera de obrar, no contaba el amor. Sólo contaba el prestigio de sí mismo, su propio lujo, y la seducción era solamente eso, es decir, gratuita.
    El dandy quisiera estar ajeno al amor, porque se ama a sí mismo. Pero, como tal huida es prácticamente imposible, el dandy singulariza su pasión como hace con cuanto le afecta. Busca el riesgo, lo extraño, el escándalo (todo entra en su rebeldía). A veces sufre, porque no puede amar, y oculta su sufrimiento en el lujo. Otras, simplemente se deja amar, es apasionado, sabiendo que tal o cual amor le glorifica. El Eros del dandy es narcisista, exhibicionista, o (en muchas maneras) escandaloso. Sólo eso puede entrar en su estilo. Sólo eso le aparta, le diferencia, dejando indemne su esteticismo, su impasibilidad, su encumbramiento del yo y hasta su brillo estéril.
    Dentro de ese Eros vertido al escándalo, pensamos en el incesto de Byron, en los desplantes del conde d’Orsay, que ocultaban su impotencia, o en el homosexualismo de un Wilde o un Montesquieu. Pero el homoerotismo no es en el dandy un mero escándalo, o un solo aspecto de su rebeldía (de la misma forma que abandonar a una dama tras seducirla o paladear el incesto), sino algo más. Porque el dandy, decíamos, se goza en la ambigüedad, y su estilo toma las artes de lo que nuestra sociedad denomina “lo femenino“. Además el dandy honra en el “amor griego” a uno de los Satanes, a un aspecto del Mal -en el cual él vive- y que la sociedad condena. Es una forma más de su rebeldía. El dandy es andrógino, de ahí que su seducción alcance por igual a cualquier sexo. El dandy toma el papel de la mujer y a la vez, dentro del Mal, provoca. Y su provocación, como sus maneras, su fulgor y su estética le singularizan, le apartan de los demás. Por eso fue (o terminó siendo) provocativo el amor de Wilde y Lord Alfred Douglas, y de tantos como podrían nombrarse hasta llegar, por ejemplo, a Cocteau.

    George Gordon, lord Byron

    Lord Byron, por Elizabeth Louise Vigée Le Brun
    El dandy es andrógino. Su seducción no tiene barreras de sexo. Su brillo es el brillo ambiguo de los danzarines de una secta del Uttar Pradesh, en la India, que recorren plazas y calles vestidos de mujer y ejercen la prostitución masculina. Nadie prescinde de ellos en las fiestas sociales (nupcias, nacimientos), ni en los bailes. Su función, como la de los areoi, es una función sagrada.

    Sin embargo -y siendo todo esto muy importante-, hemos de decir que no es el homosexualismo el Eros del dandy por excelencia. Dice Sartre, en un momento de su abundoso y discursivo libro sobre Baudelaire: “Lo que recubre el mito del dandysmo, no es la homosexualidad, sino el exhibicionismo“. El dandy se deleita en la actitud, en la seducción, en la diferencia. Porque, como mito y personaje, es una manera de actuar (distinción, elegancia, fantasía, impasibilidad, culto al ego) y un deseo -en rebeldía- de sorprender sin ser sorprendido. De dejarse admirar por todos, sin jamás admirarse de nada.

    Extraído del libro Corsarios de guante amarillo. Lo escribe Luis Antonio de Villena, lo reedita Valdemar y ustedes deberían tener paciencia con la prosa algo engolada del autor, y leerlo con regocijado espíritu. No me digan que no han recordado a más de un amigo o conocido mientras leían estas líneas. Seguro que sí.

    Nikos, un poco improbable.

    3 Comments

    1. Escrito el día 30 abril 2014 a las 8:20 am | Permalink

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