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  • Maldito cumpleaños II

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Esta semana he pisado poco la calle porque hace un frío del carajo, porque mi zona está tomada por los fans de la cosa navideña (así se los coma un reno) y porque tenía un montón de regalos de cumpleaños que leer. Después de El salario del miedo, como si se hubieran puesto de acuerdo, otro compañero me regaló esto:

    Lo edita, ya lo ven, Libros del Asteroide, que tiene libros muy bellos y de muchos colores y que ya tardaba en meterse a publicar novela negra con portada ídem. Lo escribe George V. Higgins, lo traducen al alimón Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté y le firma el prólogo Dennis Lehane.

    Es finito, no llega a las doscientas páginas y se lee en un decir Traga plomo, Joe. Y ahora que lo he terminado y tengo la mañana libre, vengo a  contarles por qué deberían leerlo. O, más bien, por qué deberían darle un tiento a la novela negra, en general, si es que a estas alturas de su vida todavía no se han animado. Que no pasa nada, que se puede uno morir sin haberla leído, pero también se muere gente sin haber follado nunca y coincidirán conmigo en que es una lástima.

    En el programa de radio, en la cuenta de formspring y alguna vez en el tumblr hablamos de novela de detectives, novela policiaca, novela negra, pulp, hardboiled, noir y demás maravillas. La clasificación es un poco liosa y yo misma no la tengo nada clara, pero podríamos empezar por definir el género diciendo que trata del delito: del que lo comete, del que lo sufre, del que lo previene y del que lo castiga. Como el delito tiene formas mil, pueden elegir ustedes el que más gracia les haga y en el marco que más les interese.  Hay robos audaces, violencia doméstica, corrupción policial, asesinatos en serie, secuestros de hijo de millonario, tráfico de drogas, crímenes por dinero, por miedo, por celos, por venganza, por casualidad. Persiguiéndolos hay policías, detectives privados, inspectores, picapleitos, comisarios, guardias civiles, sheriffs del condado, psicólogos, médicos forenses y hasta amables ancianitas que, mientras preparan tartas para el mercadillo de la iglesia o plantan camelias para el concurso de jardines, atrapan a peligrosos asesinos. Esto sucede en Valencia, en Birmingham, en Oslo, en Calcuta, en los bajos fondos, en las aristocráticas mansiones, en las aisladas abadías y hasta en naves espaciales. Y vio Dios que era bueno.

    El género es más popular que el pan y la leche, así que no les digo nada que no puedan ver si visitan una librería o una biblioteca, o si se han fijado un poco en lo que leen sus vecinos de asiento de tren o de toalla de playa. A veces hay novela histórica, a veces hay alguna basura firmada por Albert Espinosa, pero lo que nunca falta es el segundo tomo de Millenium o, en su defecto, algo de alguien que se apellida algo parecido a Svensson. La cosa nórdica lleva un tiempo haciéndose fuerte entre nosotros.

    Como la mies es mucha, nosotros más bien pocos y nuestro tiempo definitivamente limitado, conviene ir prevenido a la hora de elegir lo que se echa uno a la faltriquera. Los que se enganchan al enigma, al quién mató al sobrino del vicario, serán muy felices con Agatha Christie. Los que quieren marcos exóticos  se darán a los casos del comisario argelino Brahim Llob, a las andanzas rusas de Nastia Kaménskaya o a las pesquisas por México de Héctor Belascoarán Shayne. Los que encuentran dificultades a la hora de identificarse con un señor que vive en Castroculo o habla un idioma rarísimo, pueden leer las aventuras de Pepe Carvalho, las de los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro o las del periodista Julio Gálvez. Si alguien quiere mezclar géneros, puede irse a la histórica con Gereon Rath, comisario en la República de Weimar, o a la ciencia ficción con Carlos Clot, que vive e investiga en un Madrid que, tras la muerte de Franco, forma parte de los Estados Unidos.

    Total, que motivos hay a cascoporro para animarse a leer novela negra, y podría estar haciendo listas hasta el fin de los tiempos. Como últimamente RBA está editando maravillas sin cuento (las novelas de Parker, por ejemplo, y también recopilaciones de todo Chandler o de todos los casos de Sam Spade), y no hay viaje en tren o autobús que yo haga sin comprar algo en la librería de la estación, vendré de vez en cuando a recomendarles lo que me esté leyendo. Pero de momento voy a contarles cuál es mi criterio para elegir entre tanto material apetecible: los diálogos. Sabrán ustedes que yo me gano la vida escribiendo series para televisión. Si han visto alguna vez la pinta que tiene una página de guión, se habrán fijado en que, casi siempre, lo que predomina es el diálogo. Lo que no es diálogo, lo que llamamos acción, suele ser descriptivo y poco o nada literario. Una cosa así:


    Las acciones son importantes, ojo. Algunas veces hay que esmerarse describiendo el decorado, porque es la primera vez que lo vemos, pero si estás escribiendo Aída, no hace ninguna falta que le cuentes al director cómo es la tienda de Chema. Ya la ha visto mil veces y, a menos que haya algo importante que haya que resaltar para una trama (una bombilla medio fundida que provocará el incendio, unas cajas junto a la puerta que va a robar el Luisma), te puedes ahorrar los detallitos. En otras ocasiones, la descripción del decorado es la descripción del estado anímico de un personaje (el salón desastroso del que está deprimido y no sale del sofá, el despacho pulcro y ordenadísimo del maniático del orden), o el objeto que alguien esconde y la forma en que lo hace son factores importantísimos para entender lo que está pasando entre bastidores. Ahí hay que lucirse, explicarlo todo de la mejor manera posible y entender la diferencia entre ser claros y hacerle el trabajo al director o a los de maquillaje, que ya saben la pinta que tiene un tipo que ha recibido una paliza brutal y no necesitan que uno describa hasta el color de los cardenales.

    Me enrollo. Lo que iba a decirles es que las acciones suelen ser concisas y descriptivas porque son funcionales. Los diálogos también, claro, pero sin que se note. Tienen que contar lo que queremos contar, ajustarse al registro del personaje, tener ritmo, sonar naturales y no aprendidos en casita y, ya de paso, cautivar al espectador y dejarle muerto en el huerto. No es fácil, ya se lo digo. Yo tengo compañeros que dialogan como fieras, capaces de hacer creíble el conflicto más inverosímil con dos líneas de diálogo bien puestas. A mí algunas veces me cuesta más y otras menos, según la escena, los personajes, el conflicto y si he desayunado como es debido o no.

    Y a lo que íbamos: leer o escuchar diálogos estupendos ayuda mucho a la hora de aprender a dialogar. Imagino que es el equivalente de educar el oído cuando estás estudiando música, o el paladar y el olfato cuando te dedicas a la cocina. Por eso, a la hora de elegir lectura, es buena cosa fijarse en la calidad de los diálogos. Yo leí la trilogía Millenium, como todo el mundo, y no recuerdo una sola línea de diálogo que me llamase la atención. Ni una. Cero patatero.

    En cambio, miren qué bonito diálogo mantienen estos dos personajes de Los amigos de Eddie Coyle: Jackie Brown, traficante de armas, y el mazas (el propio Eddie), que necesita unas pistolas y discreción absoluta:

    —No lo comprendes de la misma manera que lo comprendo yo —dijo el mazas—. Tengo ciertas responsabilidades.

    —Mira —dijo Jackie Brown—, te digo que lo comprendo. ¿Sabes cómo me llamo o no?

    —Lo sé —replicó el mazas.

    —Pues ya está —dijo Jackie Brown.

    —De ya está, nada —dijo el mazas—. Ojalá me hubieran dado cinco centavos por cada vez que he sabido cómo se llamaba alguien, de veras. Mira esto. —El mazas extendió los dedos de la mano izquierda sobre la mesa de formica con motas doradas—. ¿Sabes qué es esto?

    —Tu mano —le espetó Jackie Brown.

    —Espero que examines las pistolas con más atención que esta mano —dijo el mazas—. Mírate la tuya, maldita sea.

    Jackie Brown extendió los dedos de la mano izquierda.

    —Sí —dijo.

    —Cuenta cuántos nudillos tienes, joder —dijo el mazas.

    —¿Todos? —preguntó Jackie Brown.

    —Oh, Dios —exclamó el mazas—. Cuenta todos los que te dé la gana. Yo tengo cuatro más. Uno en cada dedo. ¿Sabes cómo me salieron? Compré material a un menda, del que también sabía cómo se llamaba, y el material fue rastreado y al tipo lo condenaron a entre quince y veinticinco años. Los cumple en la cárcel de Walpole, Massachusetts, y sigue allí, pero tenía amigos, y ellos me hicieron unos nudillos nuevos. Me metieron la mano en un cajón y, luego, uno de ellos cerró el cajón de una patada. Me dolió del carajo. No tienes ni idea de lo que me dolió.

    —¡Jesús! —dijo Jackie Brown.

    —Lo que hizo que me doliera más —dijo el mazas—, lo que empeoró el dolor fue saber lo que iban a hacerme, ¿comprendes? Estás allí y ellos te dicen que has cabreado a alguien, que has cometido un gran error y que ahora hay alguien chupando talego por ello y que no es nada personal, entiéndelo, pero tiene que hacerse. Ahora pon la mano ahí. Y tú piensas en no hacerlo, ¿sabes? Cuando era pequeño, iba a la catequesis y la monja me decía “Pon la mano”, y las primeras veces que lo hice me pegó en los nudillos con una regla de borde metálico. Como lo oyes. Conque un día, cuando me dijo “Pon la mano”, yo le dije “No”. Y entonces me pegó con esa regla en la cara. Pues esa vez igual, salvo que estos tíos no están cabreados, no se cabrean contigo, ¿entiendes? Son tipos a los que ves constantemente, tipos que a lo mejor te caen mal o que no te caen mal, con los que has tomado una copa o has salido a buscar tías. “Eh, Paulie, escucha, no es nada personal, ¿sabes? Has cometido un error. La mano. No quiero tener que pegarte un tiro, ¿vale?”. Así que pones la mano, la que tú quieras, yo puse la izquierda porque soy diestro y porque, como ya he dicho, sabía lo que iba a pasar, y entonces ellos te ponen los dedos en el cajón y uno de los mendas lo cierra de una patada. ¿Has oído alguna vez el ruido que hacen los huesos cuando se rompen? Es como cuando alguien parte una tablilla. Duele del carajo.

    —¡Jesús! —dijo Jackie Brown.

    —Exacto —dijo el mazas.

    ¿Les ha gustado? Pues ya saben por qué deberían leer Los amigos de Eddie Coyle o cualquier otra novela negra cuyo autor sepa su oficio y no se escude en el efectismo del asesino en serie, los recovecos del enigma o el exotismo de la India milenaria para tocarse los cojones y descuidar los diálogos. Y quien dice los diálogos, dice la prosa, claro. De eso hablaremos en otra ocasión. Hale, circulen, que aquí ya no hay nada que ver.

    Y tengan cuidado ahí fuera, donde no es nada personal.

    15 Comments

    1. Raquel
      Escrito el día 16 diciembre 2011 a las 10:31 am | Permalink

      Qué bonica entrada, como siempre.

      Es un género pendiente mío, la novela negra, a ver si estos días de navidad aprovechamos para repescar un par de cositas de Chester Himes que tiene mi costillo en casa de sus padres y les hinco por fin el diente, que me has abierto el apetito…

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