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  • No peor que los venerables santos

    Buenas tardes, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Vamos a ver si retomamos esto. ¿Qué les parece un poema, para ir abriendo boca? Me lo trajo el doctor Borge, Alá le dé la paz y la alegría, y ahora yo se lo traigo a ustedes. Se llama Alabanza de los sueños y es de la impronunciable Wislawa Szymborska.

    En sueños

    pinto como Vermeer van Delft.

    Hablo griego con fluidez

    y no sólo con los vivos.

    Conduzco un coche

    que me obedece.

    Poseo talento

    y escribo grandes poemas.

    Oigo voces

    no peor que los venerables santos.

    Mis dotes pianísticas

    os dejarían boquiabiertos.

    Revoloteo como es debido,

    es decir, por propio impulso.

    Me precipito desde el tejado

    y sé caer, suave, en el verdor.

    No tengo problemas

    para respirar bajo el agua.

    No puedo quejarme:

    he descubierto la Atlántida.

    Por suerte sé despertar siempre

    antes de morir.

    En cuanto una guerra estalla

    me vuelvo del otro lado.

    Soy hija de mi época

    pero no por obligación.

    Hace un par de años

    vi dos soles.

    Y, anteayer, un pingüino.

    Con meridiana claridad.

    Está extraído de la antología Paisaje con grano de arena, que edita Lumen y traducen Jerzy Skvomirsky y Ana María Moix. ¿Les ha gustado? Pues mañana, más.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde habrá que romperlo todo para volver a empezar.

    Mutis por el foro

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Tiempo sin verles. Venía yo a contarles que el jueves asistí a la lectura de la obra de teatro que he estado escribiendo a pachas con un amigo, en lugar de estar escribiendo aquí bonitas entradas sobre bonitos libros.  No es broma: los sábados por la mañana, que eran el momento ideal para preparar un desayuno pantagruélico y escribir largas entradas, se los he dedicado íntegros a la obra de teatro. A ver si ahora, que está casi terminada, recupero mi errática frecuencia de actualización.

    De la obra puedo contarles que fue un encargo y que yo de escribir teatro sé lo mismo que de laminar en frío: nada de nada. Pero ha sido muy divertido intentarlo y parece que a los actores y al director les ha gustado. O tienen el criterio donde nunca pega el sol o nos ha salido mejor de lo que yo esperaba. La lectura del otro día estuvo bien, porque de repente todas esas líneas de diálogo tenían un tono de voz y una cara, y algunas sonaban razonables y otras sonaban como el culo. En breve empezarán los ensayos y asistiremos, y seguramente vendré a contarles cosillas que haya aprendido. Si al equipo no le molesta, pienso trufarles a preguntas sobre escenografía, dirección de actores e iluminación. Especialmente esto último, que me intriga sobremanera. ¿Cómo se ilumina y para qué? ¿Quién lo decide? ¿Puede echarse a perder una obra de teatro por un foco mal puesto?

    Total, que mi amigo y yo salimos de la lectura con la cabecita muy alta y nos dijimos frases pomposas, arrogantes y completamente faltas de sentido, como “el teatro es un espejo que se mira en un espejo” o “tras el telón, el abismo”, por el puro gusto de sentirnos dramaturgos importantísimos y una pizca insoportables.

    Además de eso, estoy en una serie nueva y está siendo todo bastante raro. Ya les contaré con calma, en la próxima entrada sobre guión. Sí, habrá próximas entradas. Me gusta mi tumblr y a lo mejor a ustedes les gusta también, pero me consta que algunos están hasta el coño de superhéroes y pulpos. A ver si retomamos el buen y viejo Lector Constante. Oh, y por cierto, he abierto una cuenta de formspring. Si tienen alguna pregunta que hacer, será un placer responderla.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde cae el telón.

    Caminamos hacia el río

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Disculpen el abandono en que les he tenido estos meses. Los Amigos Lectores que se han pasado por la cuenta de Tumblr saben que sigo viva y que quiero ser un superhéroe casi a diario. También habrán visto allí algún que otro libro estupendo, alguna foto de caerse de espaldas y más de un ilustrador al que vale la pena echarle un vistazo. Tumblr es de manejo fácil y rápido y me permite compartir cosillas puntuales que no necesitan comentarios. No sustituye al genuino Lector Constante, pero es que no he tenido tiempo ni  ganas para más. Ya lo siento.

    Hoy les traigo una cosa rápida y espero poder volver con más tiempo a contarles otras. Lo que van a leer es un extracto del cuento Maternidad, de Andrés Caicedo. Este tipo:

    A lo mejor no les suena el muchacho, porque nadie lo ha editado en España, a pesar de que, en su día, lo llamaron el Salinger colombiano. No sé si la comparación tiene algún sentido, pero se apretó sesenta pastillas de Seconal cuando tenía veinticinco años, así que me temo que ya nunca lo sabremos. Es una lástima que no sea más conocido y que las palabras escritor colombiano nos lleven siempre a Gabriel García Márquez y no a Caicedo, que se cagaba bastante en el realismo mágico.

    En fin, les dejo el comienzo del cuento y a ver si otro día hablamos con más calma de este muchacho, que lo merece. Está extraído del volumen Destinitos fatales, que publicó Oveja Negra. Le he añadido unas negritas pero le respeto la estructura, aunque qué le costaría a Caicedo separar párrafos, coño.

    A las vacaciones de quinto de bachillerato salimos con un saldo de muertos. “Es una verdadera tragedia terminar un año marcado por triunfo —la construcción de un nuevo pabellón deportivo, por ejemplo— con la desaparición de seis jóvenes que apenas despuntaban la que sería una brillante carrera”, se lamentó el padre rector, en el discurso de clausura. Pepito Torres hizo un viaje repentino a Bogotá (faltó a un examen final) y dicen que se vino a pie, devorando cuanto hongo mágico encontró a la vera del camino, y al llegar a Cali comenzó a dar escándalo público por la sexta, lo agarraron dos policías sin avisar a sus papás, lo metieron en la radiopatrulla en donde murió como un perro, dándose contra las rejas, exhalando por boca y narices un polvito negro. Manolín Camacho y Alfredo Campos, los inseparables, se volaron del colegio y fueron a pasar un viernes de tarde deportiva en el Río Pance, hubo crecida, y a los dos días encontraron sus cuerpos “entrelazados”, pero el periódico no explicaba cómo. Tiempo después un campesino encontraría, entre las raíces de un carbonero a la orilla del río, una botella con un manuscrito de Alfredo, redactado compulsivamente: “Vemos cómo crece el río. Es increíble. Es como si viniera a cobrar venganza por el pasado esplendoroso que le quitaron las modernas urbanizaciones. Pero ruge, recobra su poder. La idea se nos ha ocurrido a ambos. No seremos víctimas en vano. Mejorarán los tiempos. Cogidos de la mano caminamos hacia el río”. Yo nunca pensé que las cosas mejorarían así no más. Un mes antes de exámenes finales, Diego A. Castro (Castrico) salió con su hermano mayor, Julián, a La Bocana del Océano Pacífico. Les encantaba ese mar de agua, arena, cielo, selva y gentes negras. Ambos habían ganado medallas en intercolegiados, departamentales y nacionales de natación. No fueron a ninguna competencia internacional por el uso de las pepas. Así, podían nadar hasta la línea del horizonte, de allí alcanzar la línea que uno podría divisar si llegara al horizonte, y aún la otra. Pero no esa vez. A las pocas brazadas, Julián le resopló que se sentía muy mal, que se devolvía. Castrico, abstraído en sus movimientos parejos sobre las cresticas de cada ola, le dijo que bueno, y siguió nadando. Al regresar, feliz de su inmensa travesía, lo encontró en la playa, muerto, con el pescuezo inflado. Nadie sabe cómo regresó Castrico a Cali, pero ya se le había atravesado la existencia. Comenzó a buscarle pelea a todo el mundo, en especial a los amigos de su hermano. Cargó puñal. Viajaba al campo y allá peleaba con machete y ruana envuelta. Lo encerraron en el manicomio y se voló del manicomio reclamando la presencia de su madre. No era más que ella le tuviera al lado su frasco de pepas y Castrico se quedaba calmado, acariciando las flores, jugando con los gatos. Salía a la sexta una vez cada dos meses, y yo lo veía parado solo, hablando incoherencias sobre todas las mujeres, sonriendo. En la última pepera salió despavorido a buscar pelea, pero murió antes de que se la dieran: quedó como clavado en el suelo, gritó que se le abría el suelo y cayó muerto. Y van cinco. El sexto, Manolín Camacho, es el que más me duele. Mi compañero de pupitre. Solíamos caminar distraídos en los recreos, hablando de paisajes que nos imaginábamos en tres dimensiones de sólo mirar mapas. Nunca había probado ninguna droga, ni en las fiestas bebía. Sólo un sábado. Vaya a saber uno con quién se metió, quién lo invitó, por qué lo vieron recorriendo calles a la velocidad que iba, con la velocidad que iba, con la mirada desencajada, buscando qué, con la piel llena de huecos, insultando ancianas, pateando carros. Murió solo, en un baño cualquiera, esforzándose por vomitar lo que seguro se había tragado inocentemente y ahora le cercenaba el coccis, la próstata, el cerebelo. Le dieron una mezcla de analgésico para caballos y líquido de frenos para aviones. “Es una lástima, una serie así de muertes sin ningún sentido”, decía el padre rector. Y yo, agarrado a mi asiento, con una rabia inmensa, sabía qué sentido había. Nos habían escogido como primeras víctimas de la decadencia de todo, pero yo no iba a llevar del bulto. “Haré mi afirmación de vida”, pensaba, y no sonreí ni una sola de las seis veces que me llamaron para recibir diplomas de matemáticas, historia, religión, inglés, geografía y excelencia. Miraba a ese público compuesto por curas, alumnos y madres de familia, y recibía los aplausos con apretón de dientes. “Haré mi afirmación de vida”. (…)

    Espero que les haya gustado. Para los despistados, pepas son pastillas, y ésa es otra cosa buena de leer colombianos: aprende uno cantidad de palabros curiosos. Dicho lo cual, les dejo y me voy al curro. Aunque preferiría, ya se lo digo, comer cristales.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde nos han elegido como víctimas.

    Otras voces, otros ámbitos

    Buenas noches, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Una entrada breve e informativa les traigo. Hace cosa de una semana, en mitad de uno de esos larguísimos momentos de ocio en la oficina, me dio un arrebato. Abrí una cuenta de tumblr y una de twitter, sitios ambos por los que, hasta ese momento, no sentía ni una pizca de curiosidad o interés. Qué quieren, ya había revisado diez o doce veces mi correo, jugado al Tetris hasta la pantalla cuarenta y pico y actualizado el status de Facebook con chorradas mil. Y me aburría.

    Podría haber utilizado ese tiempo infinito de tedio para escribir algo bonito aquí, en el Lector Constante de toda la vida, pero no me veía capaz de centrar el tiro como lo hago en casita, con el café, el cigarrillo y la pila de libros al lado. Así que me animé a probar el género breve, que es una cosa complicada cuando uno acostumbra a extenderse, a escribir polisílabos a cascoporro, a rajar y rajar como si no hubiera un mañana.

    Mi cuenta de twitter no tiene, creo yo, mucho interés para ustedes. Todavía estoy aprendiendo a usarla, practicando el noble arte de no decir gran cosa en ciento cuarenta caracteres. Pero es posible que la cuenta de tumblr les interese un poco más, porque ahí es donde van a parar las cosas que me apetece compartir con ustedes pero que encuentro demasiado breves (o, de alguna manera, inadecuadas) como para traerlas aquí.

    Para que puedan decidir si merece la pena echarle un vistazo, ahí tienen la última entrada, de hace apenas quince minutos. Alehop.

    **

    El suicidio de Áyax

    Mi abuela, Alá le dé la paz y la alegría, me regaló una versión de La Ilíada para niños cuando tenía yo unos diez años. En menos de veinte páginas ya había tomado partido, que es lo que mola de leer la Ilíada. Era muy difícil decidirse entre troyanos y aqueos, pero muy sencillo elegir entre personajes.

    Paris me parecía un mierda. Iba a muerte con Héctor, domador de caballos. Diomedes era el tío de los matices: a ratos hacía gala de un sentido común a prueba de bomba (“¿Y si nos devolvéis a Helena y acabamos con esta guerra de los cojones?”), a ratos se le iba la pinza (“Oye, que las naves no avanzan. Yo voto porque sacrifiquemos a Ifigenia”). A veces le echaba unos huevos tremendos a la batalla y se atrevía a herir a Afrodita y hasta al mismísimo Ares. Pero claro, siempre con Atenea detrás, por si las moscas.

    Aquiles molaba porque era un chulángano, una especie de estrella invitada a la guerra de Troya, una diva temperamental que lo mismo se levantaba guerrero asesino que ofendida de la muerte. Recuerdo leer la muerte de Patroclo y pensar: “hostia, hostia, verás cuando se entere Aquiles”. Tardé un tiempo en perdonarle la muerte de Héctor, domador de caballos, pero no mucho: fue un detallazo devolverle a Príamo el cuerpo, para las honras fúnebres.

    En fin, que unos y otros molaban o no molaban, y a veces molaban unos días y otros no, según el humor del que anduviera yo mientras lo leía. Pero el que moló siempre y hasta el último momento fue Áyax Telamonio, Áyax el Grande. Porque:

    -era el más alto y más grande y más fuerte de todos. Un tocho. Un titán.

    -era el único al que los dioses no le ayudaban nunca. Y, a pesar de eso, no le hirieron ni una sola vez y hacía unas escabechinas tremendas entre los troyanos, que se acojonaban nada más verlo aparecer.

    -también se la tenía jurada a Héctor, domador de caballos. Pelearon un día entero sin que hubiera ganador. Se despidieron con un apretón de manos y un intercambio de regalos: Áyax se llevó una espada con su vaina, Héctor se llevó un tahalí púrpura y yo me llevé una palabra nueva para la faltriquera. Pelearon una segunda vez y Héctor casi no lo cuenta.

    -protegió los cadáveres de Patroclo y de Aquiles contra un montonazo de troyanos que querían llevárselos.

    -se volvió loco. Como unas maracas, el pobrecito. En su delirio, vio un rebaño de ovejas, pensó que eran troyanos, le dio un satán y no dejó oveja viva.

    -cuando despertó, lleno de sangre, se quería morir. La vergüenza se lo comía vivo. Cogió la espada que le había regalado Héctor, la apoyó en el suelo y zaca.

    -la iconografía occidental del suicidio se inicia con la muerte de Áyax, representada en un sello corintio, allá por el año 700 a.C.

    Áyax, tío, cómo molabas.

    **

    Si les ha gustado y les apetece leer más cosillas breves, mirar bonitas estampas y ver curiosos vídeos, no tienen más que pasarse por aquí:

    http://lectorconstante.tumblr.com/

    Creo que se pueden dejar comentarios, pero que me ahorquen si sé cómo.

    Eso era todo. Estoy preparando otra entrada sobre guión, con preguntas y respuestas, para el Lector Constante. No sé cuándo estará lista, porque el ocio de oficina me está haciendo crujir los dentros cosa mala, y a veces llego a casa y malditas las ganas que tengo de explicar cómo se hace el trabajo que me gustaría estar haciendo. Grmpfgh.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde lo bueno, si breve, bueno y breve.

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