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  • Ellroy lo sabe

    Buenas días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Hoy les traigo una cosa estupenda, y donde digo “estupenda” ustedes tienen que entender “lo mejor que he leído en toda la semana”. Si me apuran, hasta en todo el mes. Una cosa increíble, una cosa portentosa, una cosa para imprimir y repartir a las buenas gentes que cogen el metro y se dan cuenta, demasiado tarde, de que se han olvidado el libro en casa. Breve introducción y vamos al asunto.

    Lo que van a leer es un extracto del prólogo que James Ellroy escribió para Hollywood Station, un libro bellísimo de Joseph Wambaugh. Lo traduce Concha Cardeñoso y lo edita Norma, en la colección verticales de bolsillo. No es que les esté recomendando el libro, que también: es que les estoy recomendando el prólogo. Ustedes, Amigos, necesitan leerlo como el sediento necesita el agua fresca. De verdad que sí. Y ahora les cuento por qué.

    hollywoodstation

    A mí no suelen gustarme demasiado los textos sobre el placer de leer. Me aburren un poquito y me quitan tiempo para hacer otras cosas más interesantes, tal que leer algo estupendo. No necesito que nadie me diga que leer es bueno, que es bello y que es necesario. Yo ya lo sé y ustedes también, o no estarían aquí. Si uno tiene doce años y lleva gafas grandes y se pasa leyendo el tiempo que los demás pasan corriendo por el parque, está bien que pueda sentirse identificado con (y justificado por) un personaje como Bastián Baltasar Bux. Pero los que hemos cumplido los trece (o incluso alguno más) ya no tenemos que explicar por qué decidimos dejarnos el ojo bueno en un texto de mil quinientas páginas. Entre otras cosas, porque no le interesa a nadie. Son nuestros perjúmenes.

    La excepción perfecta a esta regla es el texto que van a leer. Los que ya conozcan a Ellroy, no se sorprenderán. Los que lo estén leyendo por primera vez, prepárense a pasmarse. El extracto es largo, ya lo sé, pero confíen en mí cuando les digo que esto hay que leerlo y que hay que leerlo hasta el final. Luego me cuentan qué les ha parecido. Alehop.

    **

    HOMENAJE A JOE

    Otoño del setenta y tres. Tenía veinticinco años. Me pateaba L.A. desenfrenadamente, con cautela. Tenía una pinta grotesca. Medía metro noventa y pesaba sesenta y tres. Tenía el torso en pura pústula. Me alimentaba de fiambre que robaba, comida rápida que no pagaba, vino Thunderbird y drogas. Dormía en un contenedor de Goodwill detrás de un súper Mayfair. Me quedaba estrecho. Un revoltijo de ropa vieja me proporcionaba calor y la mínima comodidad. Vivía lejos de los bajos fondos y los campamentos generales de perros callejeros. Llevaba encima una navaja de afeitar y me afeitaba en las gasolineras con jabón en polvo del lavabo. Minimizaba la suciedad visible y el mal olor rociándome con las mangueras de los jardines. Vendía mi plasma sanguíneo por cinco pavos la sesión. Vagaba por L.A. De vez en cuando me dejaba caer una temporada por la cárcel del condado. Mangaba revistas guarras y me hacía pajas en el contenedor de Goodwill de mi propiedad.

    Era un misántropo menor con una misión. La misión era LEER. Leía en bibliotecas públicas y en mi contenedor. Leía exclusivamente libros policíacos. Hacía quince años que había entrado en vigor el mandato del estudio del crimen. Mi madre fue asesinada en junio del cincuenta y ocho. Fue un caso sexual sin resolver. Tenía entonces diez años. La muerte de mi madre no me supuso un trauma infantil al uso. Odiaba y deseaba a esa mujer. El asesinato fue instalándose en mi currículo mental y me invitaba a una obsesión a jornada completa. La asignatura de estudio era el CRIMEN.

    Otoño del setenta y tres. Días cálidos empañados por la contaminación. Noches de calambres en el contenedor de Goodwill.

    Joseph Wambaugh publicó un libro nuevo. Se titulaba Campo de cebollas. Fue la primera incursión de Wambaugh en la no ficción. Dos rufianes raptan  a dos hombres del LAPD. A partir de ahí, las cosas se ponen  feas. Leí un extracto de prepublicación en una revista. Me quedé medio traspuesto en medio de la biblioteca Hollywood. El extracto era breve. Me dio con la puerta en las narices y me quedé con ganas de más. Se acercaba la fecha de publicación. Dos visitas al  banco de sangre me cubrirían el PVP del libro y me quedaría algo para bebida. Vendí el plasma. Me dieron la pasta. Me fundí la susodicha en vinacho T-bird, tabaco y perros calientes. Rabiaba por leer ese libro. Necesidades encontradas y más imperiosas me lo impedían. Todo era contrariedad. La contradicción se apoderó de mí. Las compulsiones químicas de supervivencia luchaban contra la necesidad superior de la lectura. Me coloqué y fui a Hollywood a dedo. Entré en la librería Pickwick. Me saqué los faldones de la camisa y aproveché mi delgada fisonomía. Me metí un ejemplar de Campo de cebollas en los pantalones y salí por piernas.

    El destino intercedió… en forma del LAPD.

    Llegué a la página 80, más o menos. Lecturas diurnas en bancos públicos, lecturas nocturnas en el contenedor. Conocí a los dos polis secuestrados y me cayeron bien. Ian Campbell: condenado a morir joven. Un gaitero americanoescocés. Espabilado, un poco tristón. Desplazado en el cincuenta y ocho a L.A. ¿Me hago policía? Por qué no. Ser respetado, rozar el lado salvaje, embolsarse cinco de los grandes al mes. Karl Hettinger: compañero de Campbell. Ingenio cáustico, cinismo aparente, nervios de punta por dentro. Gregory Powell y Jimmy Smith: un tándem como sal y pimienta. Están en libertad condicional. Powell, el blanco, es el perro alfa. Es un pervertido total, delgado, cuellilargo. Smith, el negro, es la bomba. Hace de perrito faldero y de paso se tira a la zorra de Powell. Han salido a atracar licorerías. Campbell y Hettinger cubren la ronda nocturna. Se produce el choque entre los cuatro hombres. El destino manda. Todo se tuerce que te cagas.

    “Toc, toc”, porrazos en la puerta de mi contenedor de Goodwill.

    Son los agentes Dukeshearer y McCabe, LAPD, distrito de Wilshire. No es la primera vez que me trincan. Esta vez no es más que una redada rutinaria de borrachos. Alguien me vio entrar en el contenedor y avisó a la pasma. Dukeshearer y McCabe me tratan con la amabilidad expansiva que la poli dispensa a los patéticos. Ven el ejemplar de Campo de cebollas y alaban mis preferencias lectoras. Voy a la comisaría de Wilshire. Desaparece el ejemplar número 1 de Campo de cebollas.

    Por la mañana me procesaron. Me declaré culpable. El juez dictaminó que la condena estaba cumplida. Eso no significó que me soltaran al momento. Significó ingreso en la prisión del condado y puesta en  libertad desde allí.

    El ingreso duró dieciséis horas. Registro de cavidades, rayos equis del pecho, análisis de sangre, despioje. Exposición intensiva a diversas variedades canallescas autóctonas de L. A.: todos me ganaban en machismo y panache. Una drag queen mexicana, de nombre Peaches, me apretó la rodilla. Le metí un puñetazo en  la jeta al puto cabrón. Peaches cayó al suelo, se levantó y me hinchó a hostias. Dos ayudantes del sheriff atajaron la trifulca. Les hizo gracia. Algunos internos aplaudieron a Peaches. Unos cuantos me abuchearon.

    Quería volver a mi contenedor. Quería volver a la Hora del Crimen. Quería irme con Ian, Karl y los asesinos.

    En veinte horas acabé el proceso de entrada y salida de la cárcel. La Hora del Crimen se convirtió en la Hora Wambaugh. Robé una pinta de vodka, me coloqué y fui andando a Hollywood. Entré en la librería Pickwick y robé el ejemplar número 2 de Campo de cebollas. Leí unas páginas en un banco y entré en el contenedor al anochecer. Llegué a la página 150, más o menos.

    “Toc, toc”, porrazos en la puerta de mi contenedor de Goodwill.

    Son los agentes Dukeshearer y McCabe, LAPD (distrito de Wilshire). Chaval, te metiste en el contenedor, te vieron. Dios, estás leyendo otra vez ese libro de Wambaugh.

    El mismo proceso. La misma redada rutinaria de borrachos. El mismo juez. La misma condena cumplida. El mismo ingreso y libertad, veinte horas más, bien cumplidas.

    Vejatorio. Agotador. Vuelta a cagarla hasta el fondo. Definición de lunático: el que hace la misma majadería una y otra vez y espera resultados distintos.

    Quería volver al libro. Me había colgado de la Hora Wambaugh y me comían los remordimientos infligidos por Wambaugh.

    Eres escocés, como Ian Campbell. Pero: no sabes tocar la gaita porque para eso hace falta disciplina y práctica. Y: eres patizambo y tienes las piernas huesudas, estarías ridículo con el kilt ancestral.

    Ya,  pero no eres escoria como Powell y Smith. No, pero sobrevives robando. Ya, pero no eres despiadado. No, pero no tienes agallas para atracar licorerías. Un peso gallo marica te hinchó a hostias.

    Hora Wambaugh. Remordimientos infligidos por Wambaugh. ¿Aprendes algo? ¿Cambias el rumbo? … No, todavía no.

    Salí de la cárcel. Robé una pinta de vodka, me coloqué y fui andando a Hollywood. Entré en la librería Pickwick y robé el ejemplar número 3 de Campo de cebollas. Leí unas páginas en un banco del parque y me acurruqué detrás de un seto, cerca de mi contenedor. Esta vez llegué a la 250, más o menos.

    “Zas, zas”, caricias de porras en  las piernas.

    Son dos polis nuevos, del LAPD (distrito de Wilshire). Vuelta a lo mismo, prácticamente.

    Pierdo el ejemplar número 3. Voy a la comisaría de Wilshire. Voy al juzgado y veo al mismo juez. Está harto de mi teatro. Le ofende mi jeta de andrajoso. Me da a elegir: seis meses en una cárcel del condado o tres en la misión Harbor Light del Ejército de Salvación. Sopeso las opciones. Opto por los himnos en  los bajos fondos.

    El programa era sencillo y se cumplía con rigidez. Se toma la droga Antabuse. Se supone que impide la ingesta de alcohol. Si privas, te pones malo con todas las de la ley. Se comparte habitación con otro borracho. Se asiste a los servicios religiosos, se da de comer a los vagabundos y se reparten folletos de Jesús por todos los bajos fondos.

    Lo hice. Tomé Antabuse, me aguanté el síndrome de abstinencia y no bebí. Dormía fatal. No paraba de montarme películas sobre el final de Campo de cebollas. Compartía una habitación con un ex sacerdote borrachín. Dejó la iglesia para vagabundear, beber y perseguir chuminos. Era un gran lector. Despreció mi currículo de libros policíacos en exclusiva. Lo mismo le daba Joseph Wambaugh que Jesús o Rin Tin Tin. Intenté explicarle lo que significaba Wambaugh. Los pensamientos se me desparramaron, descoyuntados. La verdad es que no me aclaraba.

    El banco de sangre estaba a tres manzanas de la misión. Dos ventas de plasma me proporcionaron dinero para el libro. Fui andando a una librería del centro. Compré el ejemplar número 4 de Campo de cebollas y lo leí entero.

    Ian muere. Karl sobrevive, destrozado. Jimmy y Greg se aprovechan de los vericuetos del sistema legal y se libran del justo destino de morir. Indignación de Wambaugh. Terrible compasión de Wambaugh. Su mensaje de esperanza al final, claramente definido, suavemente enmudecido.

    El libro me conmovió, me asustó y me recriminó la vida irresponsable que llevaba. El libro me sacó indirectamente de mí y me hizo mirar a la gente en atento silencio.

    Me largué de la misión temprano. Quería vagabundear, leer y beber. Dejé el Antabuse y me reintoxiqué. Me encontré con un viejo amigo del instituto. Tenía un plan delictivo de los de poca monta, de los “es perfecto, no te lo pierdas”.

    Vivía al sur de Melrose, justo enfrente del restaurante Nickodelle. El bar estaba a rebosar de borrachos pudientes. Yo asaltaría a los borrachos en el aparcamiento y los dejaría fuera de combate. Cruzaría Melrose de una carrera y llegaría a su casa en dieciséis segundos clavados.

    Me negué. No se levanta la mano a otro ser humano gratuitamente. Eso no lo aprendí de pequeño con los luteranos. Con Joseph Wambaugh, sí.

    **

    A los que hayan llegado hasta aquí, felicidades. No sé si el esfuerzo les habrá merecido la pena, pero ahí tienen la sección de comentarios para explayarse al respecto. Si se han quedado con ganas de más, el prólogo continúa durante otras dieciocho páginas, tan buenas y tan adictivas como lo que han leído hasta ahora. Y si creen que Ellroy estaba exagerando un poco, anímense a leer Hollywood Station. A mí me lo prestó mi compañero Gorka, Alá le dé la paz y la alegría, y yo voy a comprar mi propio ejemplar, pero no me importaría fundirme la pasta en una pinta de vodka, robarlo en la librería Pickwick y leerlo dentro de un contenedor.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde leer es bueno, es bello y es necesario.

    En la selva caímos

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes

    Es lunes, y de los que matan más hombres que las balas. Reina el desánimo general por toda la oficina, y yo tampoco me libro. Una cosa que todavía no les he contado de mi trabajo es que, más a menudo de lo que podemos soportar, hay largos momentos de ocio. “Pues qué bien”, dirán ustedes. “Tururú”, respondo yo. Hay un límite de vídeos de animalitos graciosos, caídas cómicas y respuestas lerdas de aspirantes a Miss Universo que puede ver el ser humano. En serio, lo hay. Y cuando ya has fumado mucho más de lo que deberías, ya le has dado la vuelta a internet dos veces y no tienes la cabeza para leerte el libro que trajiste para el metro (Dulce pájaro de juventud, en mi caso), empiezas a mirar por la ventana, a suspirar como los perros tumbados y a pensar “yo qué carajo estoy haciendo aquí”. Mal, Amigos, muy mal. A mí me pagan por venir a trabajar y maldita la gracia que me hace madrugar e ir a Castroculo para estar tocándome a dos manos la puerta de la vida. Sobre todo cuando eso supone que, en dos semanas, estaremos trabajando sábados y domingos para recuperar el tiempo perdido (© Marcel Proust). Grñfghs.

    Total, que para escapar un poco de esta sensación kafkiana de tiempo muerto y larguísimo, les traigo una entrada pequeñita. Así yo entretengo el ocio y ustedes tienen algo que leer si resulta que también están atrapados en la oficina, sin poder irse a casa y sin poder trabajar. Aing.

    Hale, ahí les va un poema pequeño y bonito. A leer. Hop, hop.

    En la selva caímos,

    en la oscura selva

    sin otra salida

    que un agujero negro para caer tan sólo

    y jamás levantarse:

    que el toro nos salve

    e ilumine la selva

    y guíe nuestros pasos por el negro agujero

    prometiendo una luz que la selva destruya,

    una luz donde asentar la vida.

    Que el toro nos salve

    y haga un hombre del hombre

    y sendero el oscuro

    camino de la selva.

    Que el toro nos salve,

    ya que promesa oscura

    es el oro de nuestra saliva.

    Esto que han leído lo escribió Leopoldo María Panero, y procede del libro Globo rojo (Antología de la locura), una recopilación de textos de enfermos mentales del sanatorio de Mondragón. Lo editó Hiperión y la antología estuvo a cargo del señor Panero, que se ha currado una volumen pelín irregular, con algunos textos estupendos y otros más bien anecdóticos. El libro también incluye dibujos del enfermo mental de turno, que son tan siniestros y tan desasosegantes como se están imaginando ustedes.

    Este poema, con todo, me gusta bastante. Tiene una imagen poderosa, ese toro solar como un sacrificio a Mitra, y crea con pocos recursos cierta atmósfera de jungla sombría y húmeda, de ésas tan enmarañadas que nunca llega el sol a tocar el suelo. Vamos, que a mí me gusta y a lo mejor a ustedes también. Y si no, pues tampoco pasa nada. Panero tiene cosas mejores y peores que este poema y volveremos sobre él y sobre sus circunstancias en algún momento.

    Con esto les dejo, a ver si convenzo a alguien para hacer algo mejor que fatigar internet buscando distracciones. Comer unas pipas, igual. Y mañana será otro día y que el diablo se lo lleve.

    Tengan cuidado ahí fuera, donde siempre llegará el lunes al término del domingo. Sigh.

    Preguntas y respuestas II

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Nueva entrega de preguntas y respuestas sobre guión, porque parece que el asunto interesa a unos cuantos de ustedes. Aunque ya lo dije en la entrada anterior, lo repito: si usted, Amigo Lector, tiene alguna pregunta concreta, siéntase libre de dejarla ahí, en la sección de comentarios, y yo intentaré contestarla como buenamente pueda. No se corte.  Ya sabe que preguntando se llega a Roma, y Roma es un lugar bien bonito. Y con esta breve introducción, entramos en materia. Alehop.

    Goio Borge preguntó:

    ¿Cuánto tardáis en escribir un episodio?

    ¿Las tramas de cada episodio pertenecen a un guionista individual, o es un guionista individual el que ’manda’ en todo el episodio?

    Si os pasáis el día encerrados escribiendo con esos horarios explotadores de la tele y encima os gusta llegar tarde al curro, ¿cómo coño sabéis del costumbrismo de la calle que tan necesario es?

    ¿Por qué los personajes tienen tan poca memoria de episodio a episodio?

    Buenas preguntas, amigo Borge. Como de costumbre, no sé si lo he entendido todo bien, pero se hará lo que se pueda. Allá vamos.

    **

    1. ¿CUÁNTO TARDÁIS EN ESCRIBIR UN EPISODIO?

    Una pregunta concreta, una respuesta concreta: no tengo ni idea. Y dirá usted: “¿cómo es posible?”. Pues… es que eso varía de una serie a otra y, si me apuran, hasta de un capítulo a otro de la misma serie. Depende mucho de la forma de trabajar de cada equipo de guionistas. Unos dedican más tiempo a las escaletas (aplauso para ellos, vírgenes prudentes que siempre tendrán aceite en sus lámparas), otros más a la escritura o a la revisión o la venta. También depende del ritmo de rodaje, como es lógico. No se emplea el mismo tiempo en escribir una diaria que en escribir una semanal. Y tampoco tarda lo mismo un capítulo normal que el especial de navidad o el último de la temporada.

    Total, que no tengo ni idea. Pero es que además tampoco me apetece especialmente tenerla. Cuando nos toca escaletar, escribir o revisar, yo pregunto al jefe o al compañero más cercano: “¿Cuántos días tenemos?” o “¿Para cuándo lo quieren?” y me quedo con la respuesta y ya. Así que, amigo Borge, a su pregunta responderán dos compañeros, uno de Aída y uno de La familia Mata.

    Y dice el de Aída:

    aida_logo_alto

    En Aída tenemos dos días de escaleta, uno de venta, uno de mezcla, tres de escritura, uno de pegada, cuatro de segunda, dos de revisión, cuatro de tercera, uno de revisión, tres de cuarta . Uno de italiana y el mismo de quinta… en total, 23 días de capítulo.

    Muchas gracias, compañero. Y ahora, la explicación.

    -Dos días de escaleta.

    ¿Recuerdan lo que hablamos respecto a escaletar? Es importante y hay que hacerlo bien. Cada capítulo tiene tres tramas y un running, que es como una trama pequeñita. Hay que plantear claramente cada trama, su detonante, los personajes que intervienen en ella, los pulsos, los puntos de giro y la resolución. Si los personajes tienen un raccord muy marcado (por ejemplo, si Paz y el Luisma acaban de romper), hay que respetarlo e integrarlo en el capítulo como buenamente se pueda. Dos días no parece un tiempo excesivo para hacer todo eso.

    -Un día de venta.

    Cuando ya tiene uno bien cerraditas sus tramas y hasta ha pensado en  bonitos chistes para adornarlas, toca vendérselas al jefe. Se le sienta y se le explica todo el asunto, trama por trama y pulso por pulso. Si al jefe no le convence alguna cosa, sugiere cambios o sugiere que los sugieras tú. Normalmente, las objeciones son del tipo “hicimos una muy parecida hace dos capítulos”, o puede que  “la resolución es un poco tramposa”, o hasta algo tan prosaico tal que “para eso necesitamos demasiada figuración”. Da un poco lo mismo. El caso es que hay que rehacer lo que falla y volver a venderlo. Si a la segunda cuela, estupendo: a mezclar.

    -Un día de mezcla.

    Con la escaleta ya vendida, se sienta uno frente al teclado y mezcla las tramas y el running. No es, o no suele ser, demasiado complicado. Algunos personajes aparecen en más de una trama, porque viven en la misma casa, van a la misma clase, trabajan juntos o son amigos. Hay que tener cuidadito para no despistarse y dejar en coma a Fulano, si le vamos a necesitar luego en la partida de billar de Zutano y Perengano. Quitando esos detalles, mezclar es sencillo: se ordenan las secuencias y se van alternando hasta el final. Queda más o menos así:

    Escaleta mezclada Aída

    Los chicos de Aída, muy sabiamente, mezclan las tramas usando un tipo distinto para cada una: negrita,  cursiva, subrayada… Así, con sólo un vistazo, se puede tener una impresión general de cómo se van alternando las secuencias. Si tienes cuatro seguidas en negrita, es que la has cagado en algún momento.

    -Tres días de escritura.

    Ya hemos mezclado y todo es alegría. Ya está colocado todo en el orden en que se verá en pantalla. Buen trabajo, chavales. Ahora sólo queda repartir las escenas entre el equipo y largarse cada uno a su casa a escribir la primera versión del capítulo. Esto, que parece obvio, no lo es tanto. Todo guionista escucha al menos una vez en la vida la pregunta siguiente:  “¿escribís cada uno a un personaje?”. Algún compañero graciosillo responde que sí, y que él, concretamente, escribe los mejores, los más carismáticos y los más guapos. Yo les digo la verdad: no, no escribimos cada uno a un personaje, porque no se hacen así las cosas y porque sería un follón de impresión. Cada uno escribe las escenas que le tocan y se preocupa de que los personajes hablen siguiendo su registro habitual.

    Respecto al ritmo de trabajo que se lleva en casa, hay un poco de todo. Algunos guionistas, chicos responsables, se sientan al teclado y escriben sus secuencias el primer día, dejando los otros dos para pulir y retocar. Otros guionistas (y no miro para nadie) hacen el vago durante tres días como si les fuera la vida en ello y ya si eso, el último día por la noche, se remangan y se ponen a escribir. Esto no es pura dejadez de esos muchachos, no. Ocurre por una razón que veremos luego.

    -Un día de pegada.

    Se acabaron los tres días de escritura. Vuelta a la oficina, a pegar las secuencias que uno ha escrito con las que han escrito los demás. Se meten en el mismo documento, se ordenan y se pulen un poquito para que parezcan una cosa compacta y no una colcha de retales. Se imprime copia para todo el equipo y hale, a leer con el boli en la mano, marcando todo lo que suene raro, mole poco o sea, objetivamente, mierda caliente. Sin piedad.

    -Cuatro días de segunda (versión).

    Aquí es el llanto y el crujir de dientes. Ese diálogo de ritmo vertiginoso, ese chiste que sonaba tronchante en su cabeza, ese giro sorprendente y ese gag visual tan bonito van a irse para siempre al cielo de los guiones. No vale. Le falta recorrido, no se entiende, este personaje no habla así, se pega con el raccord del personaje, es demasiado paródico, hay que darle una vuelta… En esta segunda versión puede irse a la mierda hasta una trama entera, que había sido aceptada y hasta celebrada el día de la venta de escaleta. Zas, fuera. Por eso algunos guionistas escriben la primera versión con bastante tranquilidad y sin dejarse los cuernos, porque las primeras versiones tienen una alarmante tendencia a caerse con todo el equipo.

    A veces es justo que la primera versión cambie, que se le caigan cosas, que se le añadan otras. Al fin y al cabo, no es más que el primer intento, el primer borrador de lo que luego será un capítulo gordo y lustroso, y no merece la pena encariñarse demasiado con un gag concreto, porque es posible que haya que sacrificarlo para dejarle hueco a otra cosa. Pero a veces, la primera versión se cae simplemente porque hay revisores y tienen que trabajar para pagar el alquiler y el yogur. Y si no les gusta tu gag, pues ya te lo estás envainando. Lo que nos lleva a

    -Dos días de revisión.

    El equipo ya tiene una nueva versión del capítulo, la segunda, y se la pasa al revisor, que está afilando el lápiz rojo. Para revisar un guión ajeno hay que tener un ojo bien entrenado, que detecte de inmediato lo que está bien y lo que no. Si el revisor sabe hacer su trabajo, marcará lo que no funciona, explicará por qué y propondrá otra opción. A veces es difícil saber por qué un gag no es lo que debería ser, o por qué una parte ha perdido ritmo. A veces uno tiene una especie de intuición, pero pocas razones para explicarla. Conviene pensarlo bien antes de tirar alegremente el trabajo de otra persona, porque lo normal es que el guionista defienda lo que ha escrito, que a él le parece estupendo y correctísimo. Una secuencia revisada acaba teniendo, más o menos, esta pinta:

    Secuencia Aída corregida

    Las revisiones son momentos delicados. Hasta el guionista más veterano se encabrona cuando le tiran el fruto de su trabajo al suelo, y más todavía si cree que el revisor, sencillamente, no ha pillado el chiste y por eso lo tira. Otras veces no es una cuestión de ego, sino de que uno no acaba de ver el fallo que le señalan, o no cree que la nueva opción sea mejor que lo que había antes. A veces hay en las revisiones una acusación implícita que viene a decir “os habéis tocado los huevos y este capítulo está que da asco”. Otras veces es la revisión lo que canta a trabajo descuidado, hecho a toda prisa en el metro o a la hora del café. A veces es obvio que el revisor está corrigiendo tontunas superficiales y pasando por alto fallos importantes, porque no se ha leído el capítulo entero y no sabe que lo que él corrige en la secuencia doce tiene sentido solamente si lees después la dieciséis.

    En resumen, que hay que tener mucho callo y mucha mano izquierda para revisar. El callo es para no confundir lo que a ti te gusta (o te disgusta) con lo que realmente funciona o no funciona. La mano izquierda es para no ofender a los compañeros, que muchas veces no van a estar de acuerdo con tus correcciones y pueden sentirse menospreciados y hasta insultados. No es un trabajo fácil y, para serles sincera, yo no querría (y además, no sabría) hacerlo. Si alguna vez me toca, editaré esta entrada y comentaré lo engreídos que son los guionistas, siempre pensando que su gag es el mejor de todos, y lo vagos, porque vamos, si ese capítulo está trabajado, yo me como mi sombrero…

    -Cuatro días de tercera (versión).

    Empieza la diversión. La tercera versión, en la que se introducen todos los cambios que ha dado el revisor, se escribe con refuerzo. El refuerzo es otro equipo que ya ha entregado la última versión de su capítulo y entra a la sala de escritura a echar una mano. No es un mal sistema: ellos vienen frescos y ven tu capítulo por primera vez, lo que significa que podrán cazar fallos que tú ya no ves porque no tienes perspectiva y que podrán aportar gags nuevos, que no huelan a cerrado y a repetido.

    Reforzar a otro equipo es un trabajo interesante. Si no has trabajado antes con ellos, es una buena oportunidad para aprender cómo hacen las cosas otros guionistas, lo que siempre es útil para mejorar tu propio trabajo o para conocerles un poquito mejor. Además, como el capítulo que refuerzas no es el tuyo, tienes menos responsabilidad sobre él y te puedes permitir trabajar sin agobios, con buen humor. Y si habías fichado en el pasillo a ese atractivo guionista de otro equipo, es un momento estupendo para sentarte cerca y ponerle ojitos. Todo son ventajas.

    -Un día de revisión.

    Señor revisor, acuda a la sala de escritura: hay otra versión para corregir. A estas alturas ya tendría que estar todo más o menos correcto y listo para ir a plató, pero las cosas nunca son tan sencillas. Si en la primera revisión había un problema gordo, hay que asegurarse de que está solucionado y no solamente parcheado. Si hacía falta un gag mucho más potente para el cierre de una secuencia, a lo mejor sigue haciendo falta, a lo mejor el que habéis propuesto no es mejor que el que había, y hay que seguir rompiéndose la cabeza. Como ésta será la última revisión, tiene que quedar todo clarísimo y explicadísimo. Que luego hacemos un doce de audiencia y vienen los llantos.

    -Tres días de cuarta (versión).

    Aquí ya no hay vuelta atrás. Lo que se escriba aquí será lo que se ruede en plató y lo que se verá en pantalla. Después de dos semanas dándole caña al capítulo, lo normal es que ya esté todo el mundo hasta las pelotas de él y quiera pasar al siguiente, o a reforzar a otro equipo, o a rascarse a dos manos la puerta de la vida. Pero en esta última versión hay a veces hallazgos portentosos, ideas brillantes fruto de la desesperación, que pueden salvar una trama entera de ser un coñazo previsible y aburrido. Así que en ocasiones termina uno con cierta sensación de agotamiento y hastío, pero otras veces se va contento a la cama, porque el capítulo ha quedado precioso y verás qué risas mañana en italiana.

    -Un día de italiana (y de quinta versión).

    La suerte está echada. Se imprimen copias de la última versión del capítulo para todo el mundo: actores, productores ejecutivos, director y guionistas. Se baja a plató, donde los actores se sientan alrededor de una mesa y el equipo se sienta rodeándoles. Se pide silencio y empieza el show: los actores van leyendo sus parlamentos y, como pueden ver en la foto, hay gran regocijo.

    © EDICIONES EL PAÍS, S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid (España)

    © EDICIONES EL PAÍS, S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid (España)

    ¿Para qué se hace la lectura italiana? Para cronometrar la duración aproximada de las secuencias, para probar si lo que funciona en el papel también funciona fuera, para tomarle el pulso al capítulo y para que todo el equipo pase un buen rato. Los actores leen, consultan dudas, meten por su cuenta alguna morcilla y, en general, se divierten. El director va pensando lo que le va a tocar rodar. Los de producción van calculando lo que necesitan. Los guionistas que no conocen el capítulo porque no es suyo y no lo han reforzado anotan sus impresiones.

    Es raro que haya grandes cambios en italiana. Puede ser que a algún actor se le trabe la lengua leyendo un parlamento y no cuesta nada tocar dos palabras para hacérselo más fácil. A veces hay un gag escacharrante justo antes del gag de cierre de secuencia, así que se decide dejar el bueno para el final y quitar el último. Pero lo normal es que la lectura termine sin problemas, los actores aplaudan, los guionistas (o los productores) digan “buen trabajo” y se disuelva la reunión. Habemus capítulo. A rodar.

    Pues así es como se escribe un capítulo, señor Borge. O, para ser del todo precisos, así es como se escribe un capítulo de Aída, o como se escribía cuando yo curraba allí. Otras series se escriben de otras maneras: no todas emplean el sistema del equipo de refuerzo, no todas hacen lectura italiana, no todas distribuyen sus días de trabajo como lo hacen en Aída.

    A la misma pregunta respondió un compañero de La familia Mata:

    familiamata

    Respecto a lo que me preguntas, creo que en La familia Mata más o menos eran unas tres semanas de curro por capítulo, incluyendo findes. Unos cuatro días para escaleta, otros cuatro-cinco para primera versión (según los que estuviéramos), y luego otros cuatro para segunda, dos o tres para tercera, y alguno más de retoque. A veces era más, a veces menos.

    Gracias, compañero. ¿Ven lo que quiero decir? Un episodio de La familia Mata duraba casi el doble que uno de Aída. Tenía más tramas y necesitaba más días de escaleta. También le daba un par de días más a la primera versión, para que fuera más firme y más estable a revisión y se mantuvieran más cosas. En fin, que no hay método universal y que cada serie se organiza a su manera.

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    2. ¿LAS TRAMAS DE CADA EPISODIO PERTENECEN A UN GUIONISTA INDIVIDUAL, O ES UN GUIONISTA INDIVIDUAL EL QUE “MANDA” EN TODO EL EPISODIO?

    Buena pregunta. Las tramas no pertenecen a nadie, pertenecen a la serie. A veces existe lo que se llama banco de tramas, que es un documento en el que se van anotando las ideas para tramar, los titulares, las premisas. Cuando toca organizar el mapa de tramas de la temporada, se va a ese documento y se buscan las que mejor cuadren. A veces no hay banco de tramas ni mapa, hay una única trama horizontal para la temporada (Aída vuelve a caer en el alcoholismo, Paco se enfrenta a la mafia siciliana) y siempre está presente en los capítulos, junto a las tramas autoconclusivas que se van agregando capítulo a capítulo.

    Cuando toca pensar en tramas para un capítulo, todo el mundo aporta algo. Para cuando las escribes, ya no recuerdas quién propuso qué, y está bien que sea así, porque es trabajo de todos. A veces, si una trama es especialmente absurda, divertida, intensa o complicada, queda clarísimo quién la propuso, porque se oye a menudo algo como: “Si no encontramos algo bueno para esta tarde, acabaremos haciendo aquella trama de Javi, la de que a Paco le toca un choto en una rifa y tiene que llevárselo a casa”, o “¿Esta trama no se parece a la que decía Patri, la del triple agente infiltrado?“, o “Ya, a mí también me gustaría escribir la trama en la que todos se desnudan, pero se la vendes tú al jefe, ¿vale?”. Salvo esas excepciones, las tramas no tienen nombre ni apellido.

    Y sí, hay un guionista individual que “manda” en todo el episodio. Cuando se trabaja en equipo, lo normal es que haya alguien al mando: el jefe de equipo, el coordinador o como quieran llamarlo. Tiene sentido, porque en los equipos hay distintas opiniones, distintas maneras de ver o hacer las cosas y alguien tiene que decidir qué línea se sigue. A los jefes de equipo los eligen los productores de la serie y suelen ser guionistas veteranos o, sencillamente, guionistas resolutivos, capaces de tomar una decisión y tirar de ella hasta el final. Cobran más, tienen más curro y la responsabilidad última del capítulo es suya. Si hacen bien su trabajo, también sirven de filtro para evitar que la mierda caiga a plomo sobre su equipo cuando las cosas han ido mal: lo que toda la vida se ha llamado dar la cara por los tuyos. Y si tienen una ética decente de trabajo, se van los últimos para casa y curran más que cualquier otro miembro del equipo, porque ya decía el trepamuros que mucho poder conlleva mucha responsabilidad.

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    3. SI OS PASÁIS EL DÍA ENCERRADOS ESCRIBIENDO CON ESOS HORARIOS EXPLOTADORES DE LA TELE, Y ENCIMA OS GUSTA LLEGAR TARDE AL CURRO, ¿CÓMO COÑO SABÉIS DEL COSTUMBRISMO DE LA CALLE QUE TAN NECESARIO ES?

    Parte usted de una premisa equivocada. Los horarios de la tele no siempre son explotadores. Hay series en las que el trabajo está mejor organizado que en otras, y los afortunados que trabajan en ellas salen a una hora decente. Hay series que se escriben desde casa, con reuniones puntuales para la puesta en común y la revisión. Hay guionistas que pringan como benditos hasta las tantas de la noche, pero se acaban hartando de no ver crecer a sus hijos y se largan a otras series. Hay equipos que se van turnando para pringar y para salir pronto, hay días libres, hay días de poco trabajo.

    En resumen, que no nos pasamos el día encerrados escribiendo y que, aunque así fuera, todos esos guionistas tienen familias, parejas, amigos, aficiones, otros trabajos, tele, cine, libros, radio y vecindario. La mayoría, además, han tenido algo de vida independiente antes de empezar a trabajar. Nadie vive en una torre de marfil y el costumbrismo nos llega por las vías que le llega a todo el mundo, sea guionista o sexador de pollos. Otra cosa es que luego se refleje mejor o peor en las series, pero eso ya es otra cuestión.

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    4. ¿POR QUÉ LOS PERSONAJES TIENEN TAN POCA MEMORIA DE EPISODIO A EPISODIO?

    No siempre es así, pero usted pregunta por qué es así cuando es así. Bueno, porque es una convención útil para escribir comedia de situación. La diversión de este tipo de series viene dada por los conflictos entre los personajes. Si tenemos un personaje que es un cabrón con pintas, como Mauricio en Aída, el Frutero en Siete vidas o George Costanza en Seinfeld, buena parte de su gracia es que sea un bastardo egoísta que no deje pasar nunca la oportunidad de joder al resto, bien para obtener algún beneficio o bien porque le sale de las tripas.

    El problema es que, para poder seguir escribiendo en clave de comedia, hay que dejar a los personajes más o menos en el mismo punto en el que estaban cuando comenzó el capítulo. Si Mauricio le hace al barrio una putada extrema y el barrio reacciona como sería lógico, adiós a nuestro personaje. Nadie volvería a hablarle y no tendría mucho sentido mantenerle en el bar. Así que las reacciones de los puteados son del tipo “yo a ti te mato, desgraciado”, pero sólo de boquilla. Al día siguiente, como usted apunta, nadie recuerda nada y todos siguen tan amigos. Es una convención y el espectador la acepta para seguir viendo la serie. ¿A usted le extrañaba que Mortadelo y Filemón siguiesen trabajando en la TIA después de haberla cagado una y mil veces? ¿A que no? Aceptaba que las cosas eran así y seguía leyendo los tebeos.

    Esto no se aplica solamente a la comedia, naturalmente, y ni siquiera es siempre necesario para escribirla. Depende mucho del tipo de serie que uno escriba, del tono de la misma, de otros factores. Pero si su pregunta iba por ahí, por lo rápido que los personajes olvidan las pifias, las putadas y los malos rollos, esta es la mejor respuesta que puedo darle.

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    Con esto terminamos por hoy, Amigos. Muchas gracias, señor Borge, por sus interesantes preguntas. Si alguna respuesta no le ha quedado clara o no le ha gustado nada, sírvase pasar por la sección de comentarios a contárnoslo. Y si usted, Amigo Lector, quiere hacer lo propio, o detallar algún aspecto de la escritura de guiones, o contar un chistazo que nos deje a todos retorciéndonos en el suelo, también tiene licencia para hacerlo. Yo me voy a limpiar mi casita y a leer un capítulo que hay que revisar el lunes. Pasen un buen domigo, señores.

    Y, por supuesto, tengan cuidado ahí fuera, donde se nos acaba el verano y se acerca el invierno.


    Qué escándalo

    Buenos días, Amigos y Desconocidos Lectores Constantes.

    Una cosa rápida, para alegrarles el desayuno. Hoy tocaba responder a más preguntas sobre guión, pero resulta que estos días estamos de curro hasta las pelotas, escribiendo, reescribiendo, tramando, revisando y editando a todo correr, y me apetece más bien poco pensar en guiones cuando vuelvo a casita. Así que hale, a leer otras cosillas. Alehop:

    Una tarde de 1675, la menuda y pelirroja Nell Gwyn, que había servido de pequeña bebidas en un burdel, que había interpretado a la hija de Moctezuma en el escenario y se había convertido en la favorita real a la edad de diecinueve años, penetró en el carruaje que Carlos II le había regalado para efectuar su diario paseo por la ciudad de Londres.

    Nell Gwyn retratada por Peter Lely circa 1675

    Nell Gwyn retratada por Peter Lely (circa 1675)

    Rápidamente los observadores identificaron el carruaje —pero no a su ocupante—. Los airados mirones que se habían agrupado alrededor del mismo supusieron que la ocupante era Louise de Kérouaille, duquesa de Portsmouth, una francesa enviada por Luis XIV para distraer a Carlos. El populacho estaba encolerizado porque sabía que Louise de Kérouaille era católica, y corrían tiempos en que los sentimientos anticatólicos habían alcanzado máxima virulencia.

    Louise de Kérouaille retratada por Pierre Mignard

    Louise de Kérouaille retratada por Pierre Mignard

    Mientras el carruaje se abría laboriosamente camino entre la muchedumbre, la gente empezó a gritar imprecaciones contra la pasajera. Nell Gwyn soportó los insultos hasta donde le fue posible, pero después ya no pudo soportarlos. Ordenó al cochero que se detuviera y asomó la cabeza por la ventanilla.

    —¡Por favor, buena gente, sed amables! —gritó—. ¡Yo soy la puta protestante!

    Unánimemente, la muchedumbre le gritó su complacencia. La puta protestante —sin lugar a dudas la muchacha más descarada de la isla real (¿acaso no llamaba ella a su monarca Carlos III por haberse acostado con dos Carlos antes que con él?)— saludó alegremente a su público y después ordenó orgullosamente con un gesto  a su carruaje que prosiguiera su camino. Entre los cientos de personas que presenciaban la escena, a nadie se le antojó indecoroso que la amante del rey proclamara tan llana y abiertamente su condición.

    Con esto les dejo, que tengo todavía páginas pendientes como para desforestar un bosque canadiense. Si les ha gustado el texto, sepan que está extraído de este libro bellísimo:

    Irving Wallace book

    Lo escribe, como pueden ver, el señor Irving Wallace. Lo edita Grijalbo y lo traduce Antonia Menini Pages. Otro día les buscaré otro texto tan bonito como el anterior, porque eh, ¿quién no  querría una ninfómana para el desayuno?

    Tengan cuidado ahí fuera, donde hierve y burbujea el escándalo.

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